lunes, 23 de junio de 2014

Efecto dominó

Este es Efecto dominó, el cuento del que hablé en el anterior post. Lo escribí entre enero y marzo de este año. Disfrútenlo:



Efecto dominó


Desde que Marita le había prometido a Esteban no ver más a su exnovia, casi nunca había cumplido con ello. Por el contrario, fueron incontables las veces en las que había buscado una forma de encontrarse con ella; ya sea caminando por su casa, pasando cerca de su trabajo o asistiendo a los lugares a los que sabía iría durante el fin de semana. Cualquier evento, infortunio o alegría resultaba una buena excusa para buscarla. La web de la Administración tributaria fue su gran ayuda, a través de ella había podido averiguar la dirección de la casa de sus padres, el número de su teléfono, sus cuentas con la Administración y hasta la dirección de su nuevo trabajo. Las redes sociales, por su lado, la habían ayudado a saber qué lugares frecuentaba, los días que trabajaba y sus horarios en la Universidad. Toda información era relevante. Todo dato era contrastado, verificado y luego almacenado. Ella no lo sabe, pero los primeros encuentros se dieron debido a su insistencia y al ferviente espionaje que había montado para poder hallarla.

Cada encuentro resultaba un alivio, un respiro para su mente. Sin quererlo, terminaron en el invierno de 2012 a causa de unas denuncias interpuestas por el padre de Marita contra Rafaela. A pesar de no contar con pruebas, la habían denunciado por lesiones graves y cuando se enteraron que habían viajado juntas, por secuestro. Según Marita, eso no había sucedido, el viaje se realizó bajo su consentimiento y podía acreditarlo, pero para negar las lesiones no tenía mayores argumentos. Solo podía negar lo dicho, porque las evidencias eran notorias: en su rostro, brazos y piernas; toda ella estaba llena de golpes e hinchazones. Por eso se negaba a ser revisada por el médico legista. Aquella vez, todo quedó estancado. Marita movió algunas influencias de su amigo abogado para que el proceso sea archivado en Fiscalía y ella nunca tuviese que pasar por los exámenes correspondientes. Esteban, a pesar de haber visto una de las tantas veces en que Rafaela había golpeado a Marita, aceptó ayudarla con el archivamiento de la causa. Pero como requisito le pidió prometer que dejaría de ver a su novia. Marita aceptó, le prometió que no la vería más, siempre que alejara a Rafaela de todo problema judicial. A pesar de los golpes y los problemas, trató siempre de mantenerla a salvo, en la tranquilidad que la había conocido.

Pero aunque intentó, no pudo soportar mucho tiempo para retornar a la tormenta, aunque duela, aunque deje huellas, a sabiendas de que estaba saltando en un abismo del que sería muy difícil salir.

La buscó por primera vez dos años después de que se separaron. Había averiguado su nueva dirección y decidió esperar pacientemente cerca de la calle donde ahora vivía. La vio pasar y se acercó lentamente, fingió estar caminando por ahí y la saludó. Rafaela se sorprendió al verla y, no sin temor, le ofreció tomar un café. Fue el primer encuentro de cientos, el primer paso, el jalón del gatillo, el declive. Durante esos dos años no hubo día en que no revisara qué estaba haciendo, qué cosas le molestaban, sus nuevos y fundados miedos e incluso sus nuevas parejas. Sabía absolutamente todo, de modo que cuando empezaron a conversar, pudo llevar la conversación por los terrenos que sabía firmes. Hablaron sobre sus dudas, sus temores. Le preguntó si aún la extrañaba. Rafaela contestó que sí, pero seguía asustada por cómo terminaron la última vez. Marita confesó que por miedo no había iniciado ninguna relación desde aquella vez. Pensaba, a pesar de conocer las verdaderas razones, que todo fue por homofobia, que sus padres no hubieran interpuesto una denuncia si ella hubiese estado con un hombre y, bajo esas circunstancias, ninguna chica con la estuviese que sería bien recibida por su familia.

Desde entonces empezaron a verse todos los días, regresaron a la cotidianidad de hacía 2 años y a la confianza. Aunque siempre a escondidas, siempre buscando un lugar donde nadie las viese. No solo para esconderse de sus padres, sino del odio. En Lima no podían llevar una relación abiertamente homosexual sin arriesgarse a ser agredidas o despreciadas.

A partir de ese momento también empezaron nuevamente las agresiones, los golpes, los celos y las paranoias. A Marita parecían no importarles, les restaba relevancia. Creía que era parte del paquete y debía ser aceptado. Rafaela era la única chica que se había interesado en ella, la única que se había podido enamorar de Marita, a pesar de los mil defectos que se encontraba. Sentía que si Rafaela se alejaba, perdería toda oportunidad de encontrar a alguien que la quisiera, que le brindara algo de atención. Pensaba que sin ella no podría repetir esos días inmensamente felices que compartían, llenos de sonrisas, placeres, compañerismo y complicidad. Y eran precisamente esos días los que la animaban a batallar contra todo. Era a causa de ellos que mentía recurrentemente, por los que ocultaba, a modo de protección, la relación que había formado. Rafaela muchas veces no lo notaba, pero ocultar significaba proteger. Cada mentira, cada invento era un ladrillo más que las protegía. Si sus padres o amigos se enteraban que había vuelto a verla, todo se arruinaría. Intentarían separarlas, nadie la iba a comprender. Ella siempre lo supo, por eso mentía de modo compulsivo y milimetrado. Todo debía estar fríamente calculado. Cada movimiento, cada salida, cada lugar al que asistían. Era maniático, pero, no había otro modo de mantener eso a flote.

Sabía que cuando la burbuja explotase —porque tarde o temprano lo haría—, toda la fortaleza se vendría abajo, cual castillo de naipes. Porque no había nada más que la sostenga. Rafaela se iría fácilmente, era ella quien más se había involucrado. Cuando el momento llegase, su novia no haría concesiones, no estaría dispuesta a pasar por un proceso judicial, aun cuando Marita siempre le repetía que su amigo abogado podía ayudarlas nuevamente y que ella siempre atestiguaría a su favor.

Esteban, por su parte, había comentado con cuanta persona se cruzaba por su camino cuán orgulloso estaba de que Marita, a pesar de la nostalgia, no haya sucumbido. Creyó en su amiga, en su promesa. Además —pensaba—, era el único requisito que le pidió para ayudarla. Marita no podía traicionarlo de ese modo.

Pero el castillo finalmente se desplomó. Las mentiras pueden ser veloces, llegar lejos, incluso confundirse por momentos con la realidad, pero ninguna es duradera. Todas, tarde o temprano, se caen.

Había estado conversando con uno de sus amigos que trabajaba en Fiscalía. Él conoció a Marita una de las tardes en las que había acudido al despacho de su jefe para coordinar el archivamiento. Recientemente lo habían ascendido a fiscal adjunto en una sede en Miraflores y desde que trabajaba ahí la había visto todas las tardes con Rafaela por las calles aledañas.

¿Marita y Rafaela? ¿juntas? Sí. En el fondo sentía que eso era solo la confirmación de algo que ya intuía. Su amiga no solo había incumplido lo que le prometió, sino que durante meses le había mentido, se había aprovechado que le creía todo a pie juntillas y lo tomó por tonto útil. Estaba dolido. Se había burlado de él y, sobre todo, había dejado que durante meses jugase el papel de crédulo. Aquella noche, Esteban aprendió lo que todos debiéramos saber al relacionarnos con alguien: ser confiados no es rentable.

La decepción fue tan grande que decidió alejarse por completo sin palabra de por medio. Sentía que no debía acompañar a quien se había burlado de él. Lo peor es que nunca supo si lo engañó durante todos esos años o si solo surgió en los últimos meses. Bastó enterarse de esa mentira para empezar a sospechar de todo lo que le había dicho y prometido.

Marita empezó a sentir miedo, si sus mentiras habían sido descubiertas por Esteban, su familia también podría hacerlo y destruir o que tanto le había costado. A pesar de saberlo, prefirió seguir en la espiral enorme de mentiras que había tejido durante meses. Sentía que su novia lo merecía, que debía demostrarle de ese modo cuánto le interesaba. Pero con el pasar de los días, las mentiras se acrecentaban y a pesar de la recurrencia, cada vez cubrían menos la realidad. Sentía que se alejaba de Rafaela y cuando la veía solo recibía golpes y humillaciones.

Lo que tanto temía Marita finalmente se cumplió. Cuando sus padres descubrieron que había regresado con Rafaela, hicieron lo posible por romper ese vínculo y así lo lograron. A pesar de que ella estuvo dispuesta, su novia no, y sola no podía sostener toda la estructura.

Desde ese momento empezó a recibir amenazas. Para dejar los procesos judiciales, le hicieron prometer que no vería nunca más a Rafaela. La historia se repetía una vez más. Lo prometió. Pensaba que si lo hacía y realmente la dejaban fuera de todo problema, podría volver a verla. Si Rafaela estaba a salvo de cualquier lío o cuestionamiento, eventualmente podrían volver a encontrarse. A escondidas, evidentemente, bajo engaños y mentiras una vez más, pero era el único modo de hacer que el amor sobreviva; discapacitado, pero firme.

No fue así. Rafaela no quiso o no pudo. A pesar de que Marita estaba dispuesta a regresar a los golpes, las agresiones y las mentiras, Rafaela se alejó. Debía comprenderla, pensaba. No era justo para ella pasar por todo ese proceso. Pensó que insistir sería egoísta y manipulador. Si ella no quería, debía comprenderla y dejarla ir.

Pero aún faltaban máscaras por develar y fue Esteban quien tuvo que descubrir una a una las verdades. Cuatro meses sin hablar con Marita y la historia parecía no haber muerto. Se negaba a hacerlo.

Había estado saliendo con un chico que conoció por Twitter y una de esas noches en las que conversaban, se le ocurrió hablar del engaño de Marita; un engaño que aún le dolía, una mentira que no había sido perdonada a pesar del tiempo y el cariño. Una amistad perdida por la falta de confianza o tal vez por el exceso de esta. Sin saber por qué, empezó a confesar todo lo que sentía y no había podido expresar durante esos cuatro meses. De pronto él le preguntó por Rafaela. ¿Rafaela Ramos? ¿La conoces?, respondió Esteban. ¿Recuerdas a Silvana..? 

Silencio sepulcral, seguido el suspiro resignado de quien se alivia con la verdad.

Ambos lo entendieron, pero como no les concernía —o por lo menos eso pensaron—, después de unos segundos cambiaron de tema, como si nada hubiese pasado, como si nunca hubiesen develado esa tela y la realidad siguiera ahí, cubierta por el engaño. Pero lo cierto es que luego de esa cita Esteban no pudo dejar de pensar en Marita. Los hilos se fueron tejiendo por sí solos. Luego entendió todo, entendió por qué Rafaela nunca luchó por continuar con ella, por qué se desenganchó tan rápidamente. Fue solo una más.


A pesar de que Marita lo había engañado, o precisamente por ello, sentía que era su deber contarle la verdad, decirle, aunque la destruya, que la chica por la que había mentido tantas veces, por la que se había sacrificado, no era más que una mentira también. Así que decidió buscarla. Al día siguiente fue a su casa. Tocó la puerta del garaje, que era por donde entraban las personas de confianza, y esperó a que asomara su cabeza por la ventana, tal como lo hacía desde que la conocía. Mientras, pensaba en cómo reaccionaría, cómo se lo diría. La mujer por la que tanto había arriesgado, la había traicionado y humillado. ¿Cómo se contaba eso? ¿Cómo se le dice a alguien que la persona por la que se sacrificó no era más que una mentira en sí misma? Siguió tocando la puerta. Temía que ella reaccionara mal, Marita tenía antecedentes de intentos de suicidio ¿y si lo hacía nuevamente?, era poco probable, después de tantos meses ella ya lo debía haber superado, o eso esperaba. Tocó con más insistencia, pero esos golpes le hicieron recordar su engaño, la humillación de la que había sido víctima. Recordó que Marita —al igual que Rafaela a ella— lo había utilizado. Mentira con mentira se paga, pensó. Entonces lloró amargamente, tocó con desesperación, pero esta vez para reclamar por su engaño. Gritó, golpeó, pero nadie se asomó. Derrotada, pero decidida, corrió hacia la avenida y sin girar la cabeza, resolvió no volverla a buscar nunca más.

sábado, 7 de junio de 2014

Disyuntivas

Lo cuerdo, lo sensato, es que ese cuento jamás sea publicado. La consciencia me lo repite diariamente: ya fue, Bruno. Lo escribiste para matar, lo escribiste para fabular. Pero salió muy real. No es recomendable publicarlo. Y no lo es porque lleva una parte mía, pero sobre todo lleva una parte ajena; una parte que no me corresponder contar o al menos no en esa dimensión.

El respeto por lo ajeno, aún cuando nadie más lo perciba, nos hace también mejores personas.

Tampoco me correspondía dejar tan mal a otros. A veces los hechos -por reales que sean-, cuando solo son contadas desde una perspectiva, resultan arbitrarios e injustos. Si alguna vez esa historia se cuenta o se escribe, debiera tener la perspectiva de cada los involucrados y eso no me corresponde. Escapa de mis posibilidades.


Pero soy obstinado. Hay algo que me pide ponerlo en este blog, difundirlo. Puede que no sea muy correcto, pero ¿y qué si lo es?

Además, nadie lee este blog ¿o sí?