domingo, 29 de diciembre de 2013

Amiga, date cuenta


Hacía 7 meses no pisaba un antro, ni siquiera por curiosidad. Hacía 7 meses no bebía ni una sola gota de alcohol. Siete meses sobrio, demasiado tiempo tratándose de mí. Siete meses encerrado entre la revista, internet y la universidad. Tal vez era eso lo que me afectaba y me tenía tan deprimido. Tal vez una noche fuera era lo que tanto necesitaba.

La música de siempre retumbaba en mis oídos. El alcohol de las cervezas empezaba a hacer efecto. Los gritos de las chicas se tornaron insoportables. Estaba arrepintiéndome de haber aceptado ir a una discoteca. Tal vez estos lugares no son para mí, pensé. Tal vez este no es mi tipo de diversión. Vamos, no todos debemos divertirnos del mismo modo. Este ambiente frívolo y coqueto no va mucho conmigo. Bah, tal vez tan solo necesite algo de compañía o un par de trago más.


Pedí una cerveza más, otra, otra. No recuerdo cuántas fueron. Fue en vano. La música me seguía pareciendo una mierda y había demasiadas parejas como para sentirme cómodo. Me largo, me dije. Pero ella apareció. La vi. Estaba sentada en una silla al otro lado del bar. Mirada perdida, algo entristecida. A pesar de ello se le veía muy bien.

Tres años habían pasado desde la última vez que nos vimos. Ocasionalmente me había hablado por chat para hacerme una pregunta académica, pero nada más. Tres años sin mantener una conversación, tres años sin un cruce directo de miradas, ni un roce de pieles. Después de todo lo que había pasado entre nosotros; todos los besos, los desplantes, las dudas y reconciliaciones, tres años parecían suficientes para reencontrarnos. Al menos así lo pensaba. Estaba superado. Además, muchas cosas habían cambiado desde la última vez que nos vimos. Demasiadas.

Sonreí. Hice el mayor de mis esfuerzos para mover el estropajo de hombre en el que la cerveza me había convertido y me acerqué a ella. Buscaba algo de compañía y digamos que ella cumplía con el requisito. No soy un hombre de altas exigencias. Era momento de socializar.

- Hola.

- ¿Bruno?

Sí, ¿qué haces por acá? – Empecé con las preguntas idiotas. Su sonrisa nerviosa delató mi estupidez - ¿Una chela?, pregunté para zafar del ridículo. No escuché lo que dijo, pero pedí una cerveza extra. Nunca escucho lo que me dicen, menos en una discoteca.

- Gracias –respondió con una sonrisa tímida mientras tomaba el vaso.

Creo que en verdad no quería el trago. No importa, pensé, si ella no lo toma, al menos tengo más cerveza para mí.

Hablamos un par de minutos sobre qué había pasado en la vida de cada uno. Era extraño reencontrarnos en este sitio tan lejano y ruidoso. Sospechosamente ella sonreía cuando me hablaba, se mostraba cordial, cándida, por momentos me hacía una caricia en el rostro o pasaba su mano por mi camisa. La miré extrañado. No sabía cómo decirle que todo había cambiado, que tres años habían sido suficientes para descubrir nuevas facetas, que tres años me habían cambiado por completo.

Ambos empezamos a beber la cerveza rápidamente.

¿Y qué ha sido de ti? -Le pregunto- ¿estás sola?

- Sí, vine con unas amigas, pero ya están consiguieron agarres. Ya sabes cómo son de pendejas. ¿Otra ronda? Sugirió con una sonrisa.

No supe qué responder. Conocía esa mirada en ella y no era cualquiera: la utilizaba solo para obtener lo que quería ¿buscaba algo o ya era momento de parar con el trago?

­- Dale. Dale, encantado.

Esperé unos segundos a que ella se digne a siquiera sacar la billetera para simular un intento de pago. No lo hizo, así que como buen caballero esa vez me tocó pagar. Conchuda de mierda, me dije.

- Dos cervezas, por favor.

El chico de la barra me dio los tragos. Le alcancé su vaso y vi que me quiso decir algo, pero nuevamente no escuché nada. Sonreí como si lo hubiera hecho y asentí con la cabeza. Supongo que dijo gracias o por lo menos eso esperé.

En el fondo sonaba un terrible latin-pop. Odio el latin-pop.

Empecé la noche en un bar de moda. Quería buscar algo de compañía y diversión. Pedí una piscina y luego un par de cervezas. Como después de 30 minutos nadie me hablaba, y además me miraban extrañados, decidí pararme (craso error) y dirigirme a la discoteca de la otra cuadra, que se veía algo animada. Las gentes salían alborotadas, tal vez eso era lo que me faltaba: algo de algarabía. Intenté ingresar, pero el hombre de seguridad intuyó los varios gramos de alcohol que tenía en la sangre y me mantuvo en la puerta esperando. No soy un hombre de esperas. No tengo toda la noche, pensé. Como pude, me di media vuelta y me marché. Encendí un marlboro gold y llamé a un amigo. Celular apagado. Me quedé dando vueltas. El cigarrillo disminuía en algo los efectos del alcohol. Pensaba ya en irme, pero sonó el celular. ¿Chino? Oe, dónde estás. Ya ¿y puedo ir? ¿En serio? ¿estoy en lista? Voy para allá. Tomé un taxi y llegué en 3 minutos. Nueve lucas por las huevas. Estaba cerquísima. Bajé unas escaleras y di mi nombre. La seguridad no notó mi ebriedad o al menos la pasaron por alto. Ingreso. Estoy en Aura, huevona.

La pista de baile es como un rectángulo hundido. Como para que todos te vean. Nosotros estábamos cerca de la barra lateral. Algo alejados, cerca de la entrada. Ella empezó a moverse al ritmo de la música. Confirmé mis sospechas: estaba totalmente arrepentido de haber entrado. Mi desesperación empezaba a notarse en mi rostro. Quería irme y no sabía cómo. Al chino jamás lo vi aquí. Supongo que se fue antes que llegara. Ella me sonrió y dijo algo. No escuché ni un carajo, así que para disimular le sonreí y tomé un trago largo. Acabé la cerveza. Sin trago no sabía qué hacer, ya no había cómo matar los incómodos segundos, cómo escaparme.

Una canción horrible empezó a sonar y, por algún extraño motivo, el alcohol hizo que me encantara. Sin notarlo, empecé a mover el pie al compás de la música. Sin percatarme, estaba cantando la canción.  Sin saber cómo, me vi parado frente a ella en la pista de baile. Es un hecho: estaba borracho.

Empezamos a bailar. No quise hacerlo en verdad, así que para que ella lo note lo hice sin ganas y bastante distante. Sonreía de vez en cuando. Había perdido toda coordinación posible. Ella empezó a acercarse y por momentos me abrazaba. Intentaba alejarla de un modo sutil, no quería ser descortés. Aunque sorprenda, lo único que ahora me produce es cierta repulsión, casi casi asco, aunque con estima, siempre queda la estima.

Pensé que era el momento perfecto, el que tanto había deseado. Cualquiera mataría por poder vengarse de quien tanto daño le hizo, pero ese ya no era mi caso. No tuve ganas de vengarme. Sentía solo repulsión, pero ya no habían odios, ni rencores. Por el contrario,  quedaba un deseo de felicidad, un saludo cordial, que no sabía cómo expresarlos.

Todo se aceleró. Ella se acercaba demasiado, me abrazaba, ponía sus manos sobre mis hombros. Los efectos del alcohol se habían diluido. El miedo me paralizaba, estaba nervioso. Sabía lo que se venía y no quería enfrentarlo.

La música no se detenía, de una canción pasaban a otra sin escalas. Aunque sin ganas, tuve que bailarlas todas. No supe decir no. Pero ella lo tomó mal, como un guiño de respuesta, una proposición, la confirmación que estaba esperando. Me abrazó fuertemente, yo sudaba frío, tomó mi cabellera, y yo solo quería correr lejos. Por favor, no lo hagas, pensé. Ella sonreía, decía cosas que no escuchaba y bailaba descontroladamente. Empecé a mirar las salidas más cercanas. No podía quedarme más. Me jalaba hacia su rostro. Tenía miedo. Ella sonreía gratamente. Me acerqué también. Rocé su mejilla, mientras ella cerraba los ojos. Pensó que la besaría. Pero, mientras mis brazos la alejaban suavemente, susurré en sus oídos: “Amiga, date cuenta”.


Di media vuelta y me retiré del lugar. Teoría confirmada: este no es mi tipo de diversión. 

3 comentarios:

  1. La diversión ya no es lo que era antes, así como las personas.

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  2. De 18 a 25 maso me gustaba; despues ya no.
    Ahora prefiero ir al cine con compañía, comer algo rico, o cosas así.
    Si es de tomar, en lugares que se pueda conversar

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