lunes, 10 de junio de 2013

Confesión



Creo en la muerte como el único mecanismo de solución de conflictos. Las desgracias se van solo con quien las ocasiona. Entonces aniquilar se torna necesario e indispensable para subsistir, para continuar. Bien dice el dicho: “Muerto el perro, se acabó la rabia”. Lo confieso, Señor, después de realizar un examen de consciencia: quisiera matar.

Quisiera acabar con todas las rabias, con todos los perros. Quisiera apuñalar. Pero no puedo, no me atrevo. Soy un pusilánime. Debo confesar que si no he matado no ha sido por falta de ganas, no, todo lo contrario. Si no he matado ha sido por miedo a la pena, por temor a la cárcel y, sobre todo, a tu eterna condena, Señor. No puedo infligir daño a mi prójimo, me duele verlos sufrir, pero al mismo tiempo es lo único que quiero. Te lo digo con dolor de corazón.

Quisiera ser todopoderoso, como tú, Señor, y decidir quién vive y quién no. Dame eso, por favor, un día con ese poder. Un solo día con tu omnipotencia, Señor, y te prometo que no haré sufrir a nadie. Todos morirán rápidamente. Es una lástima que no pueda. No soy digno de igualarme a ti, Señor. Discúlpame, soy un mal creyente, un hipócrita. Soy mundano, asqueroso, estoy manchado por el pecado, soy un sacrílego, Señor. Castígame.

Pero es que es inevitable, míralos. Están por doquier, infectando la ciudad, los odio a todos. Son mis hermanos, lo sé, pero el diablo se está apoderando de mí, Señor, ayúdame, no permitas que caiga en sus garras. Tengo propósito de enmienda, Señor, solo con tu misericordia yo podré ser salvado de este odio que me invade y me hace querer asesinar a mi prójimo, sí, Señor, claro que sí.

Pero antes, déjame realizar una última confesión de boca: son detestables, Señor, quisiera extinguirlos a todos, uno por uno, yo mismo. Con mis manos si es preferible. Porque como dice Marco Aurelio, para sentir plenamente, emocionalmente, el placer de matar, hay que hacerlo sin armas. Señor, por favor, líbrame de ellos. Creen que están siquiera a mi nivel, no, eso jamás. Ellos no creen en ti, Señor, y se burlan de ti, de tu misericordia. Ellos, que te deben la vida, no saben agradecerte como yo y mis hermanos en la fe. Son asquerosos, son pecadores, son herejes. Pero yo soy solo tu siervo, Señor, y si tú, Todopoderoso, decides mantenerlos en esta, tu viña, yo seguiré fielmente tus sabias decisiones, porque solo tú sabes qué es lo mejor para mí y para todos tus hijos. Por eso también te ruego, firmemente, Señor, que seas tú quien tome la decisión. El poder de la oración todo lo puede. Tú, Dios todopoderoso y eterno, envíales un mal, enférmalos. Ya que yo no puedo matarlos, ni debo hacerlo, te pido que, por favor, permitas que las enfermedades caigan sobre ellos, desdíchalos con tu poder eterno, permite que la muerte los lleve y se arrepientan de sus pecados allá en el infierno. No te pido un accidente, porque no va de acuerdo a la naturaleza, en cambio una enfermedad es lo que tú puedes mandarles. Te lo pido, Señor.

¡Qué terrible! Soy un pecador. Escucha todo lo que digo, Señor. Estoy manchado por el odio y el rencor. Discúlpame porque no soy digno de tu misericordia. Mira todo lo que he dicho y deseado. He cometido sacrilegio y ni siquiera tu divino perdón podrá librarme de las garras del mal en las que he caído.

Pero como toda confesión, esta requiere satisfacción de obra. Así que haz algo mejor para todos y cumple con el último paso, realiza esas peticiones conmigo, Señor. Mátame a mí, enférmame a mí. No he aprendido nada en todos estos años leyendo tu palabra. Enférmame, Señor, porque soy yo quien debe morir, soy yo la rabia y el perro, el conflicto y la solución, el asesino y la víctima.