martes, 26 de marzo de 2013

Senderos

Un riachuelo bien definido con un sendero trazado discurre temerosamente por el camino que ha decidido recorrer. Aún no sabe si hizo lo correcto, pero no hay modo de retornar. Su discurrir va en descenso y, a pesar del temor, la bajada le importa velocidad. Ya la decisión está tomada y por más que quiera no hay retornos. Debe continuar con ella. Siempre hacia adelante.
Por momentos quiere retornar, parar un momento y preguntarse si esa es la decisión adecuada. No se percata que mientras lo hace, se aleja cada vez más de ese punto al que anhela regresar. Por andar pensando tanto en ese inicio que hace tanto ya dejó, se desconcentró del camino y por poco termina siendo absorbido por las raíces de un roble engañadizo. Felizmente pudo retornar rápidamente al camino elegido. Le hubiera gustado poder dividirse y tomar caminos distintos en paralelo, pero es imposible. Un ríachuelo debe marcarse un solo camino firme si desea llegar a ser un caudaloso río. De seguro el recorrido estará lleno de otras bifurcaciones que lo harán tomar más decisiones, probablemente algunas más difíciles. De seguro habrán otros tantos robles, pinos, palmeras y demás seres que querrán engañarlo. No podrán. De seguro la geografía será difícil, pero estará listo cuando eso llegue. Por el momento, ha iniciado con el pie derecho el recorrido, tomando una primera decisión: de entre muchos caminos ha elegido solo uno y ha dejado atrás otros, aunque ha intentado imitarlos en su recorrido, con la convicción de que siempre estarán bajo la sombra del primer elegido.

No hay retornos, riachuelo, hay futuro y un desierto ancho por inundar.

¿Podrás?


lunes, 11 de marzo de 2013

Inicios


Ese sí que parecía un amor verdadero, de los que no existen. Dicen que si es demasiado bueno para ser realidad, es porque no lo es. Ella, 5 años menor, había arriesgado todo por su amante. Realmente luchó por su relación. Él, a pesar de su edad, no buscaba estabilidad sentimental. Pero este vacilón le había durado mucho, había fingido demasiado bien y su novia parecía no aburrirse. Realmente la había enamorado ¿qué haría? ¿cómo decirle? Había tenido esa duda desde aquel cinco de mayo en que cumplieron dos meses, siempre sin resolver. Hoy, tres años y diez meses después no había podido. Nunca es fácil romper un corazón por vez primera. Su mentira había llegado muy lejos, al igual que su cansancio, su aburrimiento y hasta la ligera repulsión que empezaba a sentir por la mujer que decía amar.

No era igual para Karina. Ella realmente se había entregado. Sus metas, sus ambiciones, lo que diariamente hacía giraba en torno a él: su tiempo libre y el ocupado, sus días de trabajo y los feriados, los objetivos, los sueños. Cada que lo miraba, su cuerpo se estremecía. Dos días sin verlo bastaban para que sus piernas flaquearan al  caminar. Una discusión era la destrucción y una noche peleados significaba su desbaste. Había caído rendida ante él, totalmente dominada. Sus entrañas se habían adaptado a las formas de su amante. Toda ella para él. Toda ella era de él. 

Nunca lo hubiera imaginado: su novio perfecto, el único, el hombre correcto y de buenos modales ¿engañándola? A pesar de las reiteradas oportunidades en las que se lo advirtieron y en las que prefirió creerle y tildar de mentirosos y difamadores a cuanto amigo insinuara que Alfonso se acostaba con medio Lima y balnearios. 

Se alejaron un fin de semana por decisión de él. Decía que se sentía cansado, agobiado, no podía más con la actual situación. Lo cierto es que solo buscaba darle a su vida un respiro de la mujer a la que, sin querer, había enamorado. El peor fin de semana en la vida de Karina, el mejor en 5 años para Alfonso. Estaba hecho. 

No hay mentira perfecta. Todas, finalmente, se caen. Ya sea por voluntad propia, porque no es fácil sostenerlas, o por contraste con la realidad. Debo confesar -titubeó- que no he sido sincero. Prefiero dejar todo aquí.  Así, sin mayor detalle, la dejó. No hubo más por decir.

No hubo algo más difícil. Nunca tan miserable como ese día.

Karina Lamasperra no volvió a enamorarse. Por decepción, por resignación, pero sobre todo por convicción: no podía volver a enamorarse, no después de probar el sabor de la derrota. La lona no amortigua la caída. 

Después de eso, Karina nos usó a todos quienes llegamos tras Alfonso, tal como él la usó a ella. No todos se sintieron mal. Lo cierto es que con ese cuerpo, cualquiera hubiera matado por ser su juguete desechable; un juguete que debía limitarse a la temporalidad, porque si Alfonso daba una seña o siquiera aparecía, ella retornaría a él. Y es que ese era el riesgo de estar con ella, todos lo debíamos saber. El riesgo de salir con Lamasperra era ser cambiado en cualquier momento por su primer amor, tener la certeza de que ella nunca te querría, saberse un juguete y conformarse con ello. El riesgo de ser cambiado por el eterno principal.

Un juguete, siempre un juguete. Tal como ella lo fue.

Karina nunca fue más que un corazón herido y desesperado por consuelo, pero por uno solo. Nadie más que Alfonso iba a poder curarla y nadie mas que Alfonso la curó. La última vez que nos vimos estaba con él, estoy seguro. Nunca supe quién era, pero por su sonrisa pude reconocerlo. Nunca había visto a Karina sonreír con naturalidad, sin miedo. Por eso no nos hablamos. Una sonrisa bastó. 

Hasta siempre Karina.