domingo, 13 de enero de 2013

Siempre quedas


Este es un cuento que escribí entre junio y agosto de 2012 para un concurso que -evidentemente- no gané. Así que lo publico en el blog. Espero que les guste, representa el inicio y el fin de una etapa para mí.



Siempre quedas

He llegado a pensar que tal vez y todo ocurrió en mi mente, como en las novelas,  que todo era una gran ficción que había creado para desarrollar mi propio drama. Los sentimientos, las manipulaciones, los odios y luego los rencores.

¿Cómo te llamas? –pregunté, sin saber a lo que me enfrentaba.

Hasta ese día mi vida transcurría en la más completa pasividad. No existían celos, dudas, pronósticos, ni siquiera creencias. Solía ir a leer a un parque mientras oía el crujir del océano. Me gustaba la calma que sentía en ese lugar. El silencio sepulcral, interrumpido sólo por el sonido de las olas, permitía a mi mente volar con las historias que leía. No había placeres, mucho menos alegría.  

Bastó un cruce de miradas. Respondiste con una hermosa sonrisa. A las pocas semanas ya formabas parte de mi cotidianeidad.

Nuestros encuentros fueron siempre en el mismo parque. El ritual de todos los viernes. Salir del trabajo, caminar por La Paz, llegar a nuestra banca y esperarte.  Siempre estaba ansioso, temía que no llegases. Fumaba un cigarrillo, contaba los dedos mis manos, escarbaba el pasto con mis viejas zapatillas. Pero siempre emergías de entre las masas, despreocupada, con tu amplia sonrisa. Caminábamos por las calles,  buscando nuestro lugar frente al mar, las estrellas y la leve garúa limeña. Sentados, pasábamos horas en silencio, el golpe de las olas rompiendo en las rocas, tomados de las manos, abrazados. No había necesidad de pronunciar palabra alguna, era suficiente con compartir la helada oscuridad. Una de esas noches intenté besarte. Muy delicadamente volteaste el rostro, no dijiste nada. No hubo por qué. Estaba claro y lo entendí.

Nos seguimos viendo durante un par de semanas más, hasta por fin aquella noche de noviembre en que me aceptaste. Un acercamiento, el contacto de los labios, las lenguas, tu aliento; el beso que solo tú supiste dar. Dejaste de ser una extraña que camina por el parque y te tornaste en indispensable. Te volviste mía.

Pero, las ilusiones no deben nunca sobrepasar el límite de lo irreal, es mejor que se queden en la mente, donde pertenecen. Una vez que se materializan, la vida te enseña que no todo es posible, que la felicidad, sí esa felicidad en mayúsculas y con mayúsculas, no existe,  mejor quedarse en la ficción, donde todo es bello y posible. Había creado una versión tuya que nunca existió, que no existiría.

Conocerte tal cual eras fue un desencantamiento. No eras lo que finalmente buscaba y nunca lo habías sido. Pronto todo se tornó en habitual, tedioso. Había descubierto ya tus defectos, tus caprichos, tus engreimientos.

Me acostumbré a que me quisieras, a que te entregues y me complazcas. Alimentabas mi ego y eso me gustaba. Bien dicen que si la mujer aprende a controlar tu ego antes que tu deseo, estás jodido. Así fue contigo. Aprendiste a controlarme, a alimentarme cuando lo ordenases. Una noche me llamaste.  Estabas ebria. Me despreciaste, me insultaste. Pensabas que te había usado. Me dijiste que no fui más que una gran decepción, un error en el camino. Para ti no era más que un ser individualista, un caprichoso y antojadizo, alguien que usaba a su conveniencia a las personas. Nunca me diste explicaciones, tampoco las pedí. Un “perdón” fue suficiente para intentar borrar tus palabras y aparentar tranquilidad. Lo cierto es que nunca lo olvidé, ni mucho menos te perdoné.

Lo más lamentable era percatarme de todo eso y continuar en la misma situación. Solo podía odiarte en secreto. Odiarte porque te amaba y te repudiaba, porque te deseaba, pero no eras lo que buscaba, porque no quería seguir a tu lado, pero nunca me negué. Odiarte y odiarme, para luego amarnos durante 40 minutos en una cama, olvidándome de los sentimientos, la dignidad y el pudor.

Aun así seguí a tu lado. Tal era el grado de control que ejercías sobre mí que, cuando quise separarme y defender el poco orgullo que me quedaba, no pude y regresé a tus brazos a llorar y suplicar por un minuto más junto a ti.

En un momento vi en el camino a  alguien más. Estaba en guerra y no dejaría que se lleven mi trofeo. Había que defenderlo con todos los medios posibles. Estaba con la espada desenvainada y los colmillos afilados, dispuesto a todo. Así que dejé de odiarte para poseerte obsesivamente. No te dejaba ir, te retenía a mi lado. Tú seguías con el juego manipulativo, pero para ese entonces yo también había aprendido bastante de ti, así que también entré al juego. Primero había que alimentar tu ego, luego ofenderme y jugar el papel de víctima (que por cierto tanto me gustaba, he llegado a pensar que encontraba cierto placer en eso). Por último, había que atraerte y repetir el procedimiento, hasta hacerte sentir culpable.

Lo que empezó como una guerra contra un único rival, se convirtió en un estado permanente contra la colectividad. No quería que te acercaras a nadie, cualquiera podía ser el enemigo y debía estar preparado. Me empezaba a desequilibrar. Luego regresaba la vergüenza de tenerte, mis odios, mis frustraciones.  Poco a poco nos íbamos introduciendo en una espiral infinita.

En el punto más crítico, descubrí un escape, un refugio de ti, un escondite donde escupir sin culpas: la literatura. Ya no sólo me dedicaba a leer. Empecé a crear mis propias historias, en las que siempre aparecías. En las que podía odiarte sin temor, podía vomitar todo mi odio para luego, cuando nos viéramos, abrazarte y besarte sin desdén. Aparentaba una vida contigo y vivía mil más en esas historias. Pero seguía siendo todo por ti ¿no te diste cuenta? Era parte de mi amor. Creías que era egoísta, pero nunca notaste que me alejaba para escribir y no dañarte.

Eso tampoco duró mucho. Mientras más te escribía, más me alejaba y más te mentía, pasaba cada vez más horas escapando de ti en mis historias. Era difícil distinguir cuándo algo había sucedido y cuándo lo había creado escribiendo. Inventaba situaciones por las que nunca pasamos, me creí mis propias historias y eso me atormentaba más.

Aunque no había superado las tormentas, los odios y las obsesiones, creí estar listo para mostrarme. Así que te escribí algo, te escribí todo

-       Tómalo - te pedí.

Había tardado días en escribir esa historia, aunque para variar, y como todas las anteriores, no fue más que un bodrio.

-       No me gusta -sentenciaste, ligeramente, sin mayor análisis- Creo que deberías dedicarte a otra cosa. Debes reconocer tus propias limitaciones, Esteban.


Me había deteriorado todo ese tiempo para conservarte y no ofenderte. Había escrito de todo y todo sobre ti. Pero no te bastó o no te diste cuenta. Me había autodestruido por alguien a quien no quería, ni existía, pero que lo representabas para que, finalmente me humillases.

Me encargué de despreciarte, de disminuirte. Encontraba un extraño placer al herirte, al verte sufrir. Era mi venganza. Quien quiera que diga que la venganza es mala, no ha visto llorar a su enemigo. Después de todos esos meses enfermándome para cuidarte. Volcaría sobre ti mi veneno, sin piedad, sin remordimientos, pero esta vez sería real y sin medidas. Solo había un modo de curar. Ambos sabíamos cuál era, pero ninguno lo mencionó. Estuvimos a la espera del momento adecuado.

Por costumbre no se sufre, ni mucho menos se busca venganza. Debo reconocer que todos estos años – en los que me mostré fuerte, sin ti – no fueron más que una mentira. Tres años que no fueron más que una búsqueda de ti en cada boca, en cada cama. Buscando una sensación, un olor, una palabra que me haga sentirte. Siempre quedas.


Fue imperante hacerlo yo mismo, apuñalarte en aquel lugar donde un día fuiste mía por primera vez. Delicioso, casi orgásmico, oírte gritar y sentir el cuchillo entrar una, dos, diecisiete veces en tu abdomen, desgarrarte, ver como tu sangre lo inundaba todo. Mientras agonizabas, mis ansias se iban atenuando. Mientras te acercabas al último exhalo, contemplaba tu rostro, hermoso, imaginando esa sonrisa enorme, despreocupada, eterna.

Tiré tu cuerpo a un lado y me puse a escribir, con los dedos aun manchados, dejando huellas sobre mi preciada Remington. Me habías arrancado del mundo, estaba viviendo a tu gusto. Solo podía escribir para intentar curar, escribir para eliminar, escribir para seguir enfermándome. Ahora sí  las palabras fluían, hermosas.  Al fin estaba listo para ser un escritor.

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