jueves, 31 de enero de 2013

Amor sujeto a condición

Y no me va a importar hacerte daño, pendeja, si te metes conmigo. Si interfieres en mis planes, aun cuando estos te involucren, voy a disfrutar verte sufrir. Diariamente Miguel repetía su ya aprendido discurso frente al espejo, mientras pensaba en Andrea, la niña que anhelaba. Era una rutina diaria: mirarse al espejo, idear una estrategia para atraerla, sin importar el daño, sin importar los sentimientos. Si había que pisotear o sobrepasar a alguien, estaría dispuesto a hacerlo y se regocijaría tras ello.

El dolor humano es un combustible para las almas vengativas y extraviadas. Miguel lo tenía claro, lo vivía en carne propia. Pero él era un pusilánime. Aún no había causado daño, ni lo haría. Solo podía imaginarlo y sonreír en soledad.

Andrea, la chica que le quitaba la vida y le daba sueños, era su meta y su ruina, necesaria y a la vez dañina. Atractiva, inteligente, enamorante. Obsesivamente enamorante. Él lo sabía, lidiaba con ello día a día. La quería, estaba seguro de eso. La quería en su cama, entre sus sábanas, en sus brazos. La quería ante él, rendida, destruida, suplicante. La quería consolándolo, acurrucándolo, secándole las lágrimas que solo ella estaría autorizada a ver. Pero si lo contaba, ay de ella si lo contaba. Primera condición: Nadie podía ver llorar a Miguel Ferreyros. Sus lágrimas debían ser un mito, un cuento chino. Comentar eso podía costarle la vida. A puñaladas, es más placentero, repetía frente al espejo mientras sonreía.

Pero el momento de la imaginación se esfumaba unos segundos para dar paso a las certezas que la experiencia le mostraba: Andrea salía con alguien más. Eso era el único dato cierto y comprobable que tenía. Entonces dejaba de ser atractiva, inteligente y todo lo demás y pasaba a ser una gran zorra, una pendeja, una cualquiera y encima de pésimos gustos. Destruiría esa relación, encima con ese imbécil, bueno para nada, mocoso idiota que jamás podría darle lo que él. Lo tenía planeado: debía acercarse a ella, aparentar que no le importaba su novio, jugar a la indiferencia, hacerse el de la vista gorda y flirtear como si no existiese adicionales, por más extraordinarios que fuesen para ella.

Si para tener y retener a Andrea debía engañarla, hacerla sufrir y hasta separarla del verdadero amor, él no lo iba a pensar. Estaba dispuesto a todo. De eso se trataba, de conseguirla sin importar los medios, los límites, ni los detalles. La sensibilidad no existe cuando el amor está en juego, no el de Miguel.

Pero las ideas se extinguen fácilmente frente a la existencia de la inalterable soledad. Lo único cierto en toda la historia era que se encontraba solo sin soporte ni ayuda. Todo lo que tenía eran sus planes imposibles e irreales. Todo negativo, todo malo. Mientras Andrea disfrutaba la vida, sonreía junto a su novio, conocía el placer, hallaba la felicidad de a dos, en dos. ¿Cuándo la conocerá, Miguel, el niño egoísta? ¿Cuándo aprenderá a realmente querer a Andrea? Si lo hiciera, si tan solo actuara correctamente, podría ser amado. Si no insistiera en un amor que no existe, en una mujer que hace mucho se le escapó, en un inexistente.

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