jueves, 20 de diciembre de 2012

Distancias


-Señora Mariana, ¿usted no extraña su casa, su pueblo, su familia?

La señora Mariana –como la llamaba Santiago- había trabajado en su casa desde que él tenía 8 años y desde ese entonces no la había escuchado decir que viajaría, siquiera por unos días, a visitar a su familia. Él sabía que ella era de Ayacucho, porque alguna vez la escuchó hablar sobre el terrorismo en su pueblo, sobre todo durante la campaña electoral. La señora Mariana le contaba cómo el miedo la acostumbró a no dormir plácidamente. Cada noche había temor, joven, uno no sabía si los terroristas o si el ejército entrarían en su casa, rompiendo a patadas las puertas… Pero eso era todo, muy difícilmente hablaba de su familia o de cómo llegó a Lima. Mantenía siempre la casa impecable y, a pesar de unas cuantas pérdidas, su mamá le tenía bastante confianza. Después de tantos años, dónde vamos a conseguir otra empleada, Santi, además, todas son unas rateras, prefiero a ésta que por lo menos me mantiene limpia la casa. Santiago le tenía una compasión especial, casi un cariño, salvo cuando sus ropas desaparecían.

Ese día estuvo leyendo una entrevista en un conocido diario limeño. A un cantante le preguntaban qué era lo que más extrañaba de su ciudad natal. Todo, mi vida era mucho más feliz en mi Bogotá, donde nací y crecí.

-Claro que extraño,  joven, siempre se extraña a la familia, a los amigos. Además, en mi pueblo todo es más tranquilo que en Lima, no hay tanta bulla, ni tanto tráfico.

-¿Y... cómo hace? –titubeó, mientras doblaba el periódico para enfocarse en su mirada– O sea, debe ser difícil vivir extrañando todo el tiempo ¿no?

Ella había dejado a un lado la escoba y ahora miraba el vacío, como introduciéndose en sus sentimientos para responder. Ay, joven -contestó en un tono  paciente, como de quien se resigna a una imposición-, así es la vida, cuando no se tiene otra opción, uno se acostumbra a vivir extrañando.

-Pero si extraña, ¿por qué no regresa?

-¿Y después, quién le manda plata a mi mamá, ah joven? No es tan fácil, aunque uno quiera, no es tan fácil –repetía mientras continuaba barriendo ese piso ya inmaculado.

-Ahh, cierto.

"¿Por qué no regresa?" Qué huevón se sentía Santiago. Era evidente que si deseaba volver, pero no lo había hecho era porque tenía impedimentos. Prefirió no responder e intentó cubrir su torpeza con el periódico.

Quiso leer nuevamente la entrevista, pero fue inevitable pensar en lo que la señora Mariana había dicho: "cuando no se tiene otra opción, uno se acostumbra a vivir extrañando". Cuán cierta y desgarrante resultaba esa frase.

La costumbre, o mejor dicho la resignación, es lo único que cabe en un corazón que se encuentra distante, mas no apartado de quien ama. Y Santiago lo sabía muy bien, aunque su caso era diferente. A él no lo separaban distancias físicas, ni pecuniarias, ni siquiera emocionales, no señor, su distancia era mucho más prolongada e irreversible: se encontraba separado por el campo que divide la vida de la muerte.

Supuso que similar era el sentir de la señora Mariana, como una crónica enfermedad contra la que se batalla diariamente al despertar y al dormir. Pero ella tenía una solución, un modo de acercarse. Santiago, en cambio, nunca más oirá un: “Hola, hijo”. Su padre falleció hace 5 años y cada día que pasaba, lo necesitaba un poco más. Algunos días podía reír mucho y no recordar ese ausente detalle, pero una vez llegada la soledad, el silencio le hacía recordar cuán solo se había quedado.

-Señora Mariana, ¿Y si nos vamos a Ayacucho..?



2 comentarios:

  1. Al leer esta historia es inevitable recordar Y de repente un ángel - Jaime Bayly.

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  2. Me hizo pensar tu escrito, en mis renovadas ansias de marcharme a otro sitio a vivir.

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