miércoles, 5 de septiembre de 2012

La última mirada

Caminé hasta el semáforo y crucé la avenida, como siempre, por el crucero peatonal. Un auto que giraba por la derecha casi me atropella y pensé en el Reglamento de Tránsito. Bah, uno más que no lo respeta. Caminé un par de cuadras y llegué al  café de siempre

-¿Un expreso?
-Doble, por favor y
-Y una galleta de avena
-Exacto, gracias.

Me senté en uno de los sofás con vista a la ventana y saqué mi libro de cabecera. Lo había leído ya otras tres veces, pero en ninguna había llegado hasta el final. Cuestiones de inconstancia, imagino.
Miraba la ventana mientras comía mi galleta. Me gusta observar a las gentes caminar, imagino qué es lo que piensan, qué les preocupa, cuál es su prisa o, por el contrario, qué los retiene. Me gustaría que alguien me observase así al caminar. 

-Hola, un cappucino, por favor.

Esa voz. Conocía esa voz. Era una voz inconfundible, estremecedora, excitante, llena de memorias. Giré lentamente la cabeza y ahí estaba: Karina Lamasperra. Parada frente al mostrador tomada de la mano de un chico joven y fornido. Giré nuevamente la cabeza y rogué a la Providencia porque Karina no me haya visto. Sin saber por qué, ella infligía en mí una suerte de debilidad. Las pasiones retornaban y me sentía culpable. Era inevitable no hacerlo.

Hacía 1 año que no nos veíamos. Doce meses en los que dejamos de hablarnos, vernos y complacernos. Yo ya no era el mismo adolescente fogoso que solo buscaba sexo, Karinita también había dejado de ser la joven que se entrega rápidamente a los bajos instintos. 

Nuestras vidas habían cambiado y para que ello suceda, primero debimos habernos alejado. Fue justo y necesario.

Intenté concentrarme en mi libro, bajé la cabeza y la oculté entre las amarillentas páginas. Sentí que Karina y su acompañante se sentaban en una mesa frente a la mía. Intenté seguir con mi lectura, pero fue un desperdicio. Resultaba imposible concentrarme teniendo a Karina frente a mí. 

Vinieron a mi mente todos nuestros momentos, las noches juntos, el sabor de sus labios, el contacto de sus senos sudados con mi pecho, la textura de sus caderas, el roce de nuestras lenguas. Entonces supe que los momentos junto a Karina no los había olvidado, seguían en mí. Pero no habían trascendido porque se redujeron a placer carnal. En ningún momento, ni ella, ni yo, involucramos sentimientos en nuestros encuentros. Era una simple actividad ordeñatoria y ambos lo sabíamos, sabíamos a lo que íbamos.

Levanté la cabeza y dejé de esconderme. Busqué su mirada, pero parecía muy concentrada en su conversación. La miré fijamente durante diez segundos hasta que me miró. Nuestras miradas se cruzaron, fue un saludo, un beso, una despedida, el último orgasmo. No sonreímos, tampoco nos inmutamos. Cada quien recordó los momentos que quiso conservar. Ella giró intempestivamente la cabeza y siguió conversando, como si nada hubiese pasado, como si nunca me hubiera visto.

En ese cruce de miradas cada quien grabó esos momentos escogidos arbitrariamente por nuestros corazones y se quedó con ellos. Guardamos esos recuerdos y los demás los desechamos. Siempre es mejor recordar solo lo que se desea, no importa si es bueno o malo, es lo que quieres conservar.

Luego no hubo más.  

Me paré y me puse las gafas de sol, me retiré haciendo sonar las campanas de la puerta. Nunca más la volví a ver.

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