martes, 25 de septiembre de 2012

¿Por qué escribimos?

Mis razones:

Porque la realidad no es suficiente, nunca lo será
Porque no pude realizar muchos deseos.
Porque en mis historias plasmo mis frustraciones
Porque voçe es una de ellas.
Porque necesito narrar mis experiencias, es imperante.
Porque es mi modo de expresarme.
Porque nunca puse punto final a mis historias y así intento crearlo a solas.
Porque el mundo no cambia.
Porque soy obsesivo.
Porque añado irrealidades a la realidad y así es más bella.
Porque "La literatura es mi venganza"
Porque Lucio debe leer este blog.
Porque el amor existe.
Porque el odio también y debe ser desfogado de algún modo.
Porque puede que esté alegre, pero nunca feliz.
Porque cada elección de palabra es un reto.
Porque cada palabra es un mundo.
Porque este mundo puede prolongarse mientras escriba
Porque quiero recuperar la amistad de F.
Porque ya sé qué soy.
Porque aprendí que sí es posible.
Porque recuperé la esperanza en hallar el amor.
Porque escribo lo que no me atrevo a pronunciar.
Porque esta vida tiene sentido.
Porque en mis historias no te vas.
Porque escribiendo lo arruino todo, luego lo reconstruyo y así la espiral.
Porque soy un enamorado sin amor.
Porque escribiendo enfermo, curo y recaigo.
Porque escribir es el medio y el fin de esta aventura que me animo a vivir.


Razones de...

Nicolás Rodríguez - autor del blog BW2B:

En mi caso depende, cuando escribo sobre moda es porque trato de una u otra manera, hacer que la gente no sienta a la moda como algo tan ajeno a la realidad. Trato de que no la vea como algo en escaparates y de gente con dinero para gastar. Me gustaría que la entiendan como lo que es, como algo propio del ser humano, como un fenómeno social que acompaña cada hecho que afecta a la comunidad humana de una u otra manera, desde la música, las crisis económicas, las guerras, las corrientes revolucionarias, todo, absolutamente todo se ve reflejado en la moda. Cuando escribo sobre lo que siento, casi siempre lo hago para decir esas cosas de las que no puedo hablar o de las que no sé con quién hablar. A veces siento que es una forma de dejar un registro de mi vida y de mi visión del mundo en una determinada etapa a la que siempre voy a poder volver. Es como una fotografía, pero una fotografía que captura sentimientos y emociones y las palabras que utilizas son por algo, todo tu contexto y todo tu universo en ese momento se plasman en un texto. A veces es bueno volver, recordar, pensar y aprender. Creo que por eso escribo.


Alejandra Pizarro - autora del blog Distintivamente YO:

porque es mi terapia
porque escribo mejor de lo que hablo
porque hay muchas cosas que no vivo pero que me gustaría vivir y las vivo a través de lo que escribo
porque necesito expresar muchos sentimientos
y, en especial, escribo porque sé que él me lee


Noé Alvarado - autor del blog Bitácora de un sedentario:
Escribo porque no se que haría sino lo hiciera, porque me siento feliz, pues aunque mediocremente, me siento bien. Escribo porque me siento vivo haciéndolo, pues en cada palabra dejo un segundo de mi vida, y sé que esa palabra es la testigo de que ese segundo existió.



NOTA1 : Sé que hay muchos otros autores de blogs con este tipo de posts (explicando por qué escriben). De seguro, hay miles. 

NOTA 2: Noé es uno de ellos. El post completo de sus razones para escribir está aquí.

NOTA 3: Me tomé el atrevimiento de subrayar lo que más me gustó de cada explicación.



jueves, 20 de septiembre de 2012

Situación sentimental

"Yo me acuesto con soledad y me levanto con libertad"


Soy el elemento decorativo de tu plato preferido, lo que ves pero no comes. Soy el que admiras y halagas, pero nunca tomas.

Solo nací y solo he de vivir. No sé si es bueno o malo, mejor o peor. Solo sé que es mi realidad.

Soy el pez globo que temes comer. Por partes venenoso, por partes bondadoso. De generosas proporciones si me sabes cortar. Pero cuidado, un mal movimiento puede acarrear la desdicha.

Soy la colilla del cigarro que dejas después de tres contactos con tu boca. Dañino, vicioso y eterno. 

Soy la fruta confitada que no te cansas de quitar del panetón, el que siempre aparece, aunque así no lo busques.

Soy el libro que nadie lee, la semilla que no germina, el foco que no alumbra, el árbol que se deshoja en verano.

Soy, en pocas palabras, un hombre soltero, un singular, un solitario. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Parcela de felicidad

Atraviesas un portal y te ves derrotado, deprimido. De eso ya un año. Quisieras abrazarte y decirte que todo estará bien. Quisieras mostrarte a ti mismo y decirte: "Calma. Míranos, ahora somos felices y todo va bien". Pero no puedes, ni debes.

Uno de esos días de marzo deseabas que el tiempo pasara rápidamente, que llegara y con su implacable democracia cambiara radicalmente todo lo existente: los sentimientos y los hechos. Uno de esos días, tan solo llorabas y te preguntabas por qué y hasta cuándo. Repetías que la vida era injusta y demás babosadas. Uno de esos días tan solo querías gritar y salir corriendo del abismo en el que, pensabas, estabas inmerso.

Pero ya ves que ni era abismo, ni tenías una vida injusta. Incluso, ves que el tiempo que tanto pedías siempre estuvo ahí y tú no hiciste más que reclamarlo.

El sufrimiento fue necesario. Debías, como decía aquel ángel, purificar tu alma, para luego poder sonreír y fortalecerla. Así que te dejas ahí, llorando y lamentándote, viviendo el momento. Porque inclusive ese sufrimiento tuvo implicancia en tu ‘hoy’.

Y ahora te ves aquí, sentado escribiendo. No estuvo tan mal ¿No?

Ahora miras atrás y ves que lo que tanto reclamaste durante meses llegó en un par de semanas y transformó todo, cambió tus perspectivas, tus objetivos y hasta tus creencias.

Empiezas a relacionar los hechos y ves todo tuvo una conexión. Te sorprendes por cómo todo tomó su correcto camino.

Hoy puedes respirar y no sentir opresión alguna. No hay más deseos frustrados.

Ahora cuando te miras al espejo hay una sonrisa, melancólica y nostálgica, pero al fin y al cabo sonrisa.

Hoy cuentas con una parcela de felicidad. Es pequeña, modesta y aún falta arar la tierra para poder sembrar. Pero es tuya, tenlo por seguro. Te la ganaste, la mereces. Probablemente deseas más. Quisieras tener cientos de hectáreas de felicidad. Luego piensas que, por el momento, ese pequeño terreno está bien. Igual y todavía ni puedes con él, entonces pedir más tal vez sea un acto de egoísmo. También te gustaría tener compañía. No estaría mal poder arar la tierra junto a alguien. Mejor aún si es con aquella persona que te ayudó a ganarla. Pero no es posible. Esa persona está al otro lado del continente, cocinando los frutos del amor que sembró junto a alguien más. Entonces regresan las ganas de llorar. Pero rápidamente piensas en tu parcela y todo el trabajo por hacer. No puedes quebrarte. Necesitas delimitarla, cercarla, pintarla y trabajarla si deseas ver los frutos. La compañía caerá por su propia cuenta.



Lima, 8 de septiembre de 2012

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La última mirada

Caminé hasta el semáforo y crucé la avenida, como siempre, por el crucero peatonal. Un auto que giraba por la derecha casi me atropella y pensé en el Reglamento de Tránsito. Bah, uno más que no lo respeta. Caminé un par de cuadras y llegué al  café de siempre

-¿Un expreso?
-Doble, por favor y
-Y una galleta de avena
-Exacto, gracias.

Me senté en uno de los sofás con vista a la ventana y saqué mi libro de cabecera. Lo había leído ya otras tres veces, pero en ninguna había llegado hasta el final. Cuestiones de inconstancia, imagino.
Miraba la ventana mientras comía mi galleta. Me gusta observar a las gentes caminar, imagino qué es lo que piensan, qué les preocupa, cuál es su prisa o, por el contrario, qué los retiene. Me gustaría que alguien me observase así al caminar. 

-Hola, un cappucino, por favor.

Esa voz. Conocía esa voz. Era una voz inconfundible, estremecedora, excitante, llena de memorias. Giré lentamente la cabeza y ahí estaba: Karina Lamasperra. Parada frente al mostrador tomada de la mano de un chico joven y fornido. Giré nuevamente la cabeza y rogué a la Providencia porque Karina no me haya visto. Sin saber por qué, ella infligía en mí una suerte de debilidad. Las pasiones retornaban y me sentía culpable. Era inevitable no hacerlo.

Hacía 1 año que no nos veíamos. Doce meses en los que dejamos de hablarnos, vernos y complacernos. Yo ya no era el mismo adolescente fogoso que solo buscaba sexo, Karinita también había dejado de ser la joven que se entrega rápidamente a los bajos instintos. 

Nuestras vidas habían cambiado y para que ello suceda, primero debimos habernos alejado. Fue justo y necesario.

Intenté concentrarme en mi libro, bajé la cabeza y la oculté entre las amarillentas páginas. Sentí que Karina y su acompañante se sentaban en una mesa frente a la mía. Intenté seguir con mi lectura, pero fue un desperdicio. Resultaba imposible concentrarme teniendo a Karina frente a mí. 

Vinieron a mi mente todos nuestros momentos, las noches juntos, el sabor de sus labios, el contacto de sus senos sudados con mi pecho, la textura de sus caderas, el roce de nuestras lenguas. Entonces supe que los momentos junto a Karina no los había olvidado, seguían en mí. Pero no habían trascendido porque se redujeron a placer carnal. En ningún momento, ni ella, ni yo, involucramos sentimientos en nuestros encuentros. Era una simple actividad ordeñatoria y ambos lo sabíamos, sabíamos a lo que íbamos.

Levanté la cabeza y dejé de esconderme. Busqué su mirada, pero parecía muy concentrada en su conversación. La miré fijamente durante diez segundos hasta que me miró. Nuestras miradas se cruzaron, fue un saludo, un beso, una despedida, el último orgasmo. No sonreímos, tampoco nos inmutamos. Cada quien recordó los momentos que quiso conservar. Ella giró intempestivamente la cabeza y siguió conversando, como si nada hubiese pasado, como si nunca me hubiera visto.

En ese cruce de miradas cada quien grabó esos momentos escogidos arbitrariamente por nuestros corazones y se quedó con ellos. Guardamos esos recuerdos y los demás los desechamos. Siempre es mejor recordar solo lo que se desea, no importa si es bueno o malo, es lo que quieres conservar.

Luego no hubo más.  

Me paré y me puse las gafas de sol, me retiré haciendo sonar las campanas de la puerta. Nunca más la volví a ver.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Muérete

Llámenme cruel, pero debo admitir que he deseado la muerte más de una vez y a más de una persona.
No puedo negar que he querido, inclusive, matar yo mismo.

Ahora mismo, por ejemplo, deseo que ese malnacido se extinga. Que se lo lleve la muerte y que mis manos ayuden.

Ayer deseé la muerte de un feto. No es cruel, todo lo contrario. Fue bondadoso, fue un acto de cariño y preocupación. Pensé en los padres y en el futuro del niño y concluí que lo mejor era que el feto muriera y mientras más pronto mejor. Los potenciales padres sufrirían, pero en unos años agradecerían a la Providencia por tan dichoso infortunio.
Lamentablemente, el feto sigue vivo y, para tortura de los padres, se desarrolla.

Si me dieran a elegir un modo de matar escogería una guillotina. Delicioso ¿no lo creen? Sería un feliz verdugo. Tu verdugo. Y no usaría máscaras, porque no quisiera esconderme. No quisiera que nada obstruya mi vista de tu rostro falleciendo, desprendiéndose de tu cuerpo.

Sigo deseando la muerte del malnacido. Podría decírselo, pero no ganaría nada con ello. Aunque tampoco ganaré nada guardando la muerte en mí.

Pisaré una cucaracha y pensaré que lo aplasto. 
Aunque con ello no bastaría. 

Malnacido, sobre ti caerán mis cuchillos, porque los tengo afilados y no deseo que se oxiden. 

Espero estés preparado,