miércoles, 18 de julio de 2012

Malecón de la Reserva

-¿Saltas? -  le preguntó Ricardo.
-No sé ¿podemos? ¿y si la segurança nos coge, no está prohibido? respondió con temor.
-No hay ningún problema. Vamos, será divertido te quiero enseñar algo.
Saltaron el pequeño muro de concreto que dividía la acera del malecón y se sentaron en el húmedo pasto. Frente a ellos una miriada de estrellas resplandecía en el cielo, era difícil percibir el fin del mar y el inicio del cielo. A la izquierda la cruz del Morro Solar brillaba como nunca antes y a la derecha podían ver las luces encendidas de las casas de La Punta. Vista así Lima parecía mucho más pequeña.
-¿Ves? Es hermoso.
-Sí, tu ciudad es hermosa.
-Vocé e mais - Ricardo intentaba hablar en portugués para que lo entienda, se esforzaba en demostrar interés.
-Vocé aprende rápido, contestó con un sonrisa que hacía su rostro brillar. Las estrellas y sus dientes, sus labios estirados, sus ojos pardos. Ricardo se volvía loco con esa sonricita. Quería morderle los labios suavemente, entrar en su cuerpo, sentir su sudor, sus gemidos.
-¿Qué dice ahí? ¿Mal, Male, Maleco? peguntó intentando leer lo que decía un letrero.
-Malecón, Malecón de la Reserva. contestó Ricardo.
-¿Y qué es eso?
-Así se llama este lugar, es el Malecón de la Reserva.
-Cuando me acuerde de Lima, recordaré el Malecón de la Reserva y recordaré a usted.
Ricardo estaba literalmente derretido en sus brazos. Pero no bastaba con eso, un abrazo jamás sería suficiente.
Cierra los ojos, le pidió Ricardo. El fin, estaba claro, era darle un beso, dos, tres, cientos.
¿Qué me quieres hacer? - preguntó temblando por el frío.
Quiero besarte.
Se besaron intensamente sin importarles lo que la segurança podría decirles. Las manos volaban e iban descubriendo las carnes, las profundidades, las yemas apretaban, los dedos se hundían, las ropas iban saliendo. 
No puedo, discúlpame - dijo con su español mezclado con portugués - quiero, pero no puedo.
¿Por qué no? Aquí en Lima tenemos un dicho: "El que quiere puede".
No pudo más con la tentación y siguieron besándose. No había mucha gente cerca y el muro cubría el poco pudor que les quedaba, pero eso era todo. Las estrellas eran sus focos, el mar su rocola y el césped la mejor cama king size. 
Siguieron así toda la noche, un polvo, dos polvos. Las horas pasaban y no se cansaban de descubrir sus extranjeros cuerpos. 
Cuando por fin se cansaron, se dieron un último beso ¿Tu mail? No tengo.
¿Un número? ¿El nombre de tu hotel?
Te lo doy el próximo sábado, te veo en el Malecón de la Reserva.




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