lunes, 23 de julio de 2012

El amor es fruto de tus más altas aspiraciones

Renato empezaba a creer que todo lo que decían de los humanos y la civilización al fin y al cabo no era tan cierto. Había recuperado la esperanza en su especie.

Renato estuvo llorado toda la noche anterior y gran parte de la mañana. Aun así sentía una gran alegría. Nada podía opacar la sonrisa que llevaba el rostro. Estaba parado en la zona de embarque del Jorge Chávez despidiendo a la ilusión más grande de su vida. Una ilusión que conoció hace sólo dos semanas y a la que vio durante tres noches, siempre a escondidas. Una ilusión a la que jamás besó, pero de la que conocía a detalle su musculatura. Y estaba feliz porque sabía que las noches que habían pasado junto a ella nadie las iba a borrar. Esa ilusión había curado todas sus heridas, había remplazado todos sus objetivos y le había devuelto la fe en la vida.

Usted no tiene por qué llorar ¿entiende? -le decía su ilusión rozando su mejilla suavemente- Las emociones no están fuera de ti, no son para los demás. Las emociones: su ilusión, su amor, su tristeza; son de usted. Así que usted decide cuándo quitarlas y cuándo seguir creyendo en ellas. Usted puede decidir, hoy mismo, si me recuerda con tristeza o si elimina la tristeza y me recuerda con amor.

Renato sonreía y pensaba que era muy afortunado por haberla conocido. No era coincidencia haber cruzado miradas aquella tarde en el patio de comidas. Tampoco era coincidencia que ella haya tenido el mismo libro en la mano.

Todo fue tan rápido que solo ahora se percata de cuánto se entregó durante esas dos semanas. Deseaba que se quede, que no se tuviera que ir. Tenía la certeza de que después de esa noche nunca más la volvería a ver, así que era un adiós definitivo. Aunque quizá así era mejor. Quizá sea mejor que nunca más conozca a alguien con miradas, quizá sea mejor haber compartido sólo dos semanas. Así recordaría ese mes de julio como el mejor de toda su vida. Un julio intenso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario