viernes, 27 de julio de 2012

Ángel

Llora, está bien, llora -le decía Fernando mientras ella se apoyaba en su hombro y soltaba lágrimas que desgarraban sus pupilas.
Te voy a extrañar mucho, respondió.
Yo también voy a extrañar a usted. Pero si quiere llorar, hágalo. No es bueno contener el llanto. Llorar purifica el alma.
¿Sonreír también? - preguntó ella.
No, sonreír la fortalece -respondió Fernando mientras acariciaba su cabellera.

Las estrellas habían decidido aparecer y enseñarles su belleza. Estaban parados en un callejón barranquino, el cual, según los vigilantes, era sin salida. Pues sin salida para ellos, porque Fernando y ella veían una hermosa salida al mar, al cielo y a la infinidad.

Él ya se tenía que ir, así que se dieron un último beso. No, en la boca no puedo. Un fuerte abrazo. Ella tomó sus ásperas manos por última vez y sintió escalofríos, como los que se sienten al romper un copo de algodón. Se secó las lágrimas y le dijo que era alguien muy especial y que nunca lo olvidaría.

Fernando se separó de ella y con la tranquilidad digna de un cabellero inglés le respondió: "Sé feliz ¿si?". Ella asintió y él le dedicó una hermosa sonrisa; la misma sonrisa que le había dedicado ese día desde el balcón del centro comercial. Luego, como todo ángel que llega para mejorar una vida se fue, sin dejar más rastro, ni huella que una hoja de papel.

"Sé feliz ¿si?"

Ella se quedó en el callejón llorando hasta quedarse sin lágrimas. Cuando reaccionó eran las 3 de la mañana y debía volver a casa. Antes se limpió el rostro y con hidalguía caminó hacia adelante. Ya no sentía ganas de llorar, ahora sonreía, porque sabía que recordaría a ese ángel por el resto de sus días. Había tomado esa respuesta como un compromiso o, más que eso, como una proposición: sería feliz, cueste lo que cueste. Buscaría a alguien a su altura y si no lo hallaba, tenía la certeza de ya haberlo encontrado, alguna vez, durante un corto tiempo, pero ya lo había hecho.

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