lunes, 30 de julio de 2012

Ese secreto que tienes conmigo

- No te preocupes, no le diré a nadie que te vi aquella noche en esa fiesta: ebria, descontrolada, besando a un desconocido. Ese secreto está a salvo conmigo. Nadie, mucho menos tu novio, me oirá decirlo. Aunque puede que lo escriba.

- Descuida, querido amigo, juro que no le contaré a nadie que solías fumar marihuana tres veces a la semana. No me lo perdonarías y no sería justo decepcionar de ese modo a tus padres. No lo diré. Aunque puede que lo escriba.

- Puedes dormir tranquila, pues nadie se enterará que alquilabas tu vagina por unos cuantos soles. No me siento orgulloso de saber eso, así que tampoco lo contaría. Aunque puede que lo escriba.

- No andaría gritando a los cuatro vientos que encontré sola, abandonada, al borde del abismo. Son cosas muy personales que no podría divulgar. Aunque puede que lo escriba.

- Ve en paz, porque nunca alguien oirá mis labios pronunciar que eres lesbiana, querida amiga, o, como vulgarmente se dice, que eres 'lecca'. Aunque puede que lo escriba.

- Siente mi sinceridad al oírme decir que guardaré tu secreto. Nadie se enterará nunca de lo que me cuentas, amigo. Aunque puede que lo escriba.

Pero no me imites. Por favor, no pretendas vengarte, porque no busco hacerte daño. Escribirte es mi modo de mostrarte cariño.


viernes, 27 de julio de 2012

Ángel

Llora, está bien, llora -le decía Fernando mientras ella se apoyaba en su hombro y soltaba lágrimas que desgarraban sus pupilas.
Te voy a extrañar mucho, respondió.
Yo también voy a extrañar a usted. Pero si quiere llorar, hágalo. No es bueno contener el llanto. Llorar purifica el alma.
¿Sonreír también? - preguntó ella.
No, sonreír la fortalece -respondió Fernando mientras acariciaba su cabellera.

Las estrellas habían decidido aparecer y enseñarles su belleza. Estaban parados en un callejón barranquino, el cual, según los vigilantes, era sin salida. Pues sin salida para ellos, porque Fernando y ella veían una hermosa salida al mar, al cielo y a la infinidad.

Él ya se tenía que ir, así que se dieron un último beso. No, en la boca no puedo. Un fuerte abrazo. Ella tomó sus ásperas manos por última vez y sintió escalofríos, como los que se sienten al romper un copo de algodón. Se secó las lágrimas y le dijo que era alguien muy especial y que nunca lo olvidaría.

Fernando se separó de ella y con la tranquilidad digna de un cabellero inglés le respondió: "Sé feliz ¿si?". Ella asintió y él le dedicó una hermosa sonrisa; la misma sonrisa que le había dedicado ese día desde el balcón del centro comercial. Luego, como todo ángel que llega para mejorar una vida se fue, sin dejar más rastro, ni huella que una hoja de papel.

"Sé feliz ¿si?"

Ella se quedó en el callejón llorando hasta quedarse sin lágrimas. Cuando reaccionó eran las 3 de la mañana y debía volver a casa. Antes se limpió el rostro y con hidalguía caminó hacia adelante. Ya no sentía ganas de llorar, ahora sonreía, porque sabía que recordaría a ese ángel por el resto de sus días. Había tomado esa respuesta como un compromiso o, más que eso, como una proposición: sería feliz, cueste lo que cueste. Buscaría a alguien a su altura y si no lo hallaba, tenía la certeza de ya haberlo encontrado, alguna vez, durante un corto tiempo, pero ya lo había hecho.

lunes, 23 de julio de 2012

El amor es fruto de tus más altas aspiraciones

Renato empezaba a creer que todo lo que decían de los humanos y la civilización al fin y al cabo no era tan cierto. Había recuperado la esperanza en su especie.

Renato estuvo llorado toda la noche anterior y gran parte de la mañana. Aun así sentía una gran alegría. Nada podía opacar la sonrisa que llevaba el rostro. Estaba parado en la zona de embarque del Jorge Chávez despidiendo a la ilusión más grande de su vida. Una ilusión que conoció hace sólo dos semanas y a la que vio durante tres noches, siempre a escondidas. Una ilusión a la que jamás besó, pero de la que conocía a detalle su musculatura. Y estaba feliz porque sabía que las noches que habían pasado junto a ella nadie las iba a borrar. Esa ilusión había curado todas sus heridas, había remplazado todos sus objetivos y le había devuelto la fe en la vida.

Usted no tiene por qué llorar ¿entiende? -le decía su ilusión rozando su mejilla suavemente- Las emociones no están fuera de ti, no son para los demás. Las emociones: su ilusión, su amor, su tristeza; son de usted. Así que usted decide cuándo quitarlas y cuándo seguir creyendo en ellas. Usted puede decidir, hoy mismo, si me recuerda con tristeza o si elimina la tristeza y me recuerda con amor.

Renato sonreía y pensaba que era muy afortunado por haberla conocido. No era coincidencia haber cruzado miradas aquella tarde en el patio de comidas. Tampoco era coincidencia que ella haya tenido el mismo libro en la mano.

Todo fue tan rápido que solo ahora se percata de cuánto se entregó durante esas dos semanas. Deseaba que se quede, que no se tuviera que ir. Tenía la certeza de que después de esa noche nunca más la volvería a ver, así que era un adiós definitivo. Aunque quizá así era mejor. Quizá sea mejor que nunca más conozca a alguien con miradas, quizá sea mejor haber compartido sólo dos semanas. Así recordaría ese mes de julio como el mejor de toda su vida. Un julio intenso.

miércoles, 18 de julio de 2012

Malecón de la Reserva

-¿Saltas? -  le preguntó Ricardo.
-No sé ¿podemos? ¿y si la segurança nos coge, no está prohibido? respondió con temor.
-No hay ningún problema. Vamos, será divertido te quiero enseñar algo.
Saltaron el pequeño muro de concreto que dividía la acera del malecón y se sentaron en el húmedo pasto. Frente a ellos una miriada de estrellas resplandecía en el cielo, era difícil percibir el fin del mar y el inicio del cielo. A la izquierda la cruz del Morro Solar brillaba como nunca antes y a la derecha podían ver las luces encendidas de las casas de La Punta. Vista así Lima parecía mucho más pequeña.
-¿Ves? Es hermoso.
-Sí, tu ciudad es hermosa.
-Vocé e mais - Ricardo intentaba hablar en portugués para que lo entienda, se esforzaba en demostrar interés.
-Vocé aprende rápido, contestó con un sonrisa que hacía su rostro brillar. Las estrellas y sus dientes, sus labios estirados, sus ojos pardos. Ricardo se volvía loco con esa sonricita. Quería morderle los labios suavemente, entrar en su cuerpo, sentir su sudor, sus gemidos.
-¿Qué dice ahí? ¿Mal, Male, Maleco? peguntó intentando leer lo que decía un letrero.
-Malecón, Malecón de la Reserva. contestó Ricardo.
-¿Y qué es eso?
-Así se llama este lugar, es el Malecón de la Reserva.
-Cuando me acuerde de Lima, recordaré el Malecón de la Reserva y recordaré a usted.
Ricardo estaba literalmente derretido en sus brazos. Pero no bastaba con eso, un abrazo jamás sería suficiente.
Cierra los ojos, le pidió Ricardo. El fin, estaba claro, era darle un beso, dos, tres, cientos.
¿Qué me quieres hacer? - preguntó temblando por el frío.
Quiero besarte.
Se besaron intensamente sin importarles lo que la segurança podría decirles. Las manos volaban e iban descubriendo las carnes, las profundidades, las yemas apretaban, los dedos se hundían, las ropas iban saliendo. 
No puedo, discúlpame - dijo con su español mezclado con portugués - quiero, pero no puedo.
¿Por qué no? Aquí en Lima tenemos un dicho: "El que quiere puede".
No pudo más con la tentación y siguieron besándose. No había mucha gente cerca y el muro cubría el poco pudor que les quedaba, pero eso era todo. Las estrellas eran sus focos, el mar su rocola y el césped la mejor cama king size. 
Siguieron así toda la noche, un polvo, dos polvos. Las horas pasaban y no se cansaban de descubrir sus extranjeros cuerpos. 
Cuando por fin se cansaron, se dieron un último beso ¿Tu mail? No tengo.
¿Un número? ¿El nombre de tu hotel?
Te lo doy el próximo sábado, te veo en el Malecón de la Reserva.