viernes, 3 de junio de 2011

Momentos

Si debiera ponderar las cosas bellas de esta vida, tú, sin duda alguna, serías mi prioridad.
Porque reflejas todo lo hermoso en este mundo.
Desde lo abstracto hasta lo tangible.
Desde la gota más pequeña de lluvia, hasta la inmensidad de la luna.


Diego conoció a Fernanda hace 5 meses en la cafetería de la Universidad. Ella es una chica de 5to ciclo y él un iluso cachimbo. Hasta ese momento la vida de Diego era un tormento. Sus padres lo habían presionado para que estudie Ingeniería industrial, pero él odiaba los números, querían que sea un exitoso empresario o gerente de alguna transnacional, mientras que él se proyectaba como un artista, viviendo de lo poco que paga esa calmada y dedicada profesión. Cuando su mamá se enteró de tamaño plan de vida pegó el grito al cielo ¿Cómo se le ocurría a su hijito querer ser artista si él estaba destinado a ser uno de los grandes dentro del mundo de las finanzas? Ni pensarlo- dijo- hijito, tú debes ser un ingeniero. Así inició Diego su vida universitaria. En un inicio pensó que sería aburridísimo, y en efecto lo era si es que cumplía, como trató los primeros días, con todas las tareas y si es que entraba a todas las clases. Poco a poco fue descubriendo la diferencia con el colegio, no entraba a matemáticas, ni a todas esas clases aburridas, sólo a veces a lenguaje y a algunas clases de filosofía. Gastaba su tiempo y dinero o bien en el hueco embriagándose o bien en al cafetería comiendo y leyendo periódicos. Fue ahí donde conoció a Fernanda, en una tarde de finales de marzo. Ella estaba sentada en la mesa de al lado, él no sabía cómo acercase hasta que se percató de que el enchufe estaba al lado de su mesa. No se le ocurrió mejor idea que sacar la laptop, enchufarla y como quien no quiere la cosa hablarle aunque sea algo. Todo salía a la perfección: sacó la laptop, se acercó, le preguntó si podía usar el enchufe, obviamente ella respondió que sí, se agachó a enchufar la laptop, pero como los sucesos no son perfectos, al levantarse chocó contra la mesa, tirando al suelo el almuerzo de ella, sus libros y poco más su cuerpo. Diego, como era de esperarse, no supo qué hacer o qué decir. Sólo atinó a pedir disculpa y tratar de reparar el daño causado. Ahí inició lo que luego devendría en un inesperado amor. Sus días seguían como siempre: aburridos, cansados, aunque ahora tenía una razón por la cual ir a la Universidad: Fernanda. Las semanas pasaban y como era obvio él estaba punto de jalar todos sus cursos, cada día odiaba más la ingeniería y cada día se detestaba más por no tener los huevos para decirle a sus viejos que no quería estudiar eso. Le sorprendía cuán diferente podía ser su situación con la de Fernanda, ella sí que amaba la carrera, estaba decidida a dedicarse a eso y realmente mostraba interés por aprender. A veces hablaban de la situación de Diego, pero muy brevemente, él no quería ahondar en ese tipo de temas, además pensaba que al terminar el primer ciclo y al ver sus notas sus padres desistirían de tan fatídica aventura. Lo que sentía por Fernanda iba creciendo y, a pesar de la diferencia de edades, sentía que se entendían muy bien y sentía, o quería sentir, reciprocidad en ese sentimiento. Uno de esos tantos días que gastaban en la cafetería fue el indicado para invitarla a salir. Estaban en una mesa frente a frente, ella tomaba un jugo de fresas con leche y él una gaseosa. Era otoño y el sol ya no quemaba, pero vaya que otorgaba ese brillo inconfundible al lacio cabello de Fernanda, sus ojos pardos lo hipnotizaban y sus labios ¡qué labios! moría por besarlos. Con el pretexto de el fin de exámenes le dijo para salir el viernes. Ella sonrió y aceptó. Nada podía estar yendo mejor, aunque no tuviera exámenes por los cuales celebrar ya que no había aprobado ninguno. La diferencia de edades siempre hacía que todos los miren extrañados, sobre todo los amigos de Fernanda, pero poco o nada le importaba a Diego lo que decía la gente, podía sobrellevarlo. El sábado llegó y, a diferencia de lo que muchos puedan pensar, no fueron a una discoteca, salieron a caminar, agarrar, comer algunas cosas, agarrar, conversar, agarrar,  tomar cafés, y ¿ya dije agarrar? Pues sí, ese día se consolidó como el inicio de eso ¿que qué era eso? Pues ni ellos mismos lo sabían muy bien, pero era tierno. Los agarres llevaron a más y sus cuerpos se iban calentando cada vez más hasta que surgió la idea, ninguno lo dijo, pero el sólo hecho de pasar por ahí fue una señal. Entraron, pidieron una habitación y subieron lo más pronto. Diego tendría su primera vez, él no sabía si ella también, pero poco o nada le importaba realmente. Sus cuerpos se enlazaron en el más perfecto sexo que alguien haya podido conocer, porque fue una mezcla del sexo con amor, del sexo con pasión y simple deseo y del sexo salvaje ¿Podían estar resultando mejor las cosas? Al parecer no... o por lo menos así lo veía Diego.



1 comentario:

  1. Me encanto la narracion de tu historia... tan simple y clara...
    Espero la continuacion!!!

    Slds!!

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