sábado, 25 de junio de 2011

Finally





"Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento,
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre." 
Pablo Neruda


Lo ha mirado, no, no sólo eso: lo ha observado. Él se ha quedado atontado, aún no lo puede creer. Ella ha sonreído, lo ha observado una vez más y ha volteado haciendo mover su lisa cabellera. Para ella fue una simple sonrisa, pero no sabe que esa sonrisa bastó para llenar el alma del joven enamorado.

Ernesto por fin obtuvo lo que tanto buscaba, una mirada de Adriana. Ahora sí, ella sabía que existía, lo había observado durante una eternidad y él sólo atino a devolverle la mirada, error: él no la miraba, él la contemplaba. Fue una corta eternidad, unos bellos segundos que bastaron para grabar esa sonrisa en la bóveda del alma. Esos bellos segundos que recordará por siempre y cada vez que la adversidad se presente, esa sonrisa aparecerá, aparecerá e iluminará su vida.

Eso era todo lo que había pedido durante estos días: una cruce de miradas. Cómo olvidar esos hermosos ojos negros, ese lacio cabello.

Desde ese día nada volvió a ser igual, ya nada lo sorprendía, o mejor dicho, todo lo sorprendía. Sentía que descubría un mundo nuevo, un mundo que jamás había imaginado, como Manongo cuando estaba con Teresa, cada calle antes cruzada, cada árbol antes plantado, cada palabra antes dicha, todo eso y mucho más era redescubierto, como si nunca hubieran sido cruzadas aquellas calles, ni hubieran dado frutos esos árboles, ni se hubieran dicho aquellas palabras. Todo era diferente, porque ahora su mirada lo ilumina.

Pero ella no lo ha observado, todo lo ha creado su ilusionado corazón. Fue una simple mirada sin desprecio, sin cariño. Porque ella no lo quiere, ella no lo quiere, ella no lo quiere.

Pobre joven enamorado, pobre Ernesto. Si supiera que de una mirada no pasará.
Pero la ilusión continúa, así que prefiero no decirle nada. Prefiero callar y verlo sonreír, sonreír y ser feliz.

sábado, 18 de junio de 2011

Siempre supe pero no hice caso

UNO
Un buen borracho sabe cuando intercalar un vaso de agua entre los de trago, me dijo una vez un muy sabio tío. Pero como imaginarán yo jamás he hecho caso a tal consejo y es común que, en mi ebriedad, piense que mi sed debe ser saciada con alcohol en vez de un sano vaso con agua.

DOS
Sé prudente y trata bien a las personas, leí en algún libro escolar. Pero la inaplicación de número 1 hace que número 2 se vaya al carajo.

TRES
Aprende a confiar en las personas, no puedes andar divulgando tus secretos, me aconsejó hace unos años una muy buena amiga. Guess what? Jamás hice caso.


Sumen 1+2+3 y he ahí mi fatídica noche de jueves. Aunque mis alcoholizados recuerdos me dicen que me divertí mucho, aún estoy a la espera de que me cuenten las estupideces que hice, las huevadas que dije y las personas a las que jodí.
Así que este post también va a modo de disculpas, porque sé que te jodí y que fácil estás molesta. Probablemente nunca lo leas, porque lo más probable es que no sepas que tengo un blog, pero igual quería escribir.
Soy una caca cuando tomo, lo siento. Jamás hubiera hecho eso sobrio.


NOTA: Amigos, disculpen la breve desaparición, pronto vuelvo a escribir sobre Ernesto y Diego, historias que por cierto confunden mi mente y ya no sé quién es quién ni cuál es cuál. En fin, saludos.

miércoles, 8 de junio de 2011

Saludos

Antes leer la parte anterior

Ernesto había esperado un buen tiempo poder hablar con Adriana, aunque sea un cruce de palabras, no pedía una larga tertulia, con un breve saludo se conformaba. Pero el tiempo transcurría y Adriana parecía no recordar ni su rostro. Ni que decir del request mandado por facebook, como es de imaginarse jamás fue respondido.
El único refugio que le quedaba era la música, el alcohol y como no los porritos que prendía en el tercer piso. Seguía subiendo de vez en cuando, aunque ahora miraba a todos lados y verificaba que no esté la chica de rasgos orientales. No era temor, era una suerte de precaución, no quería ser encontrado in fraganti, porque a pesar de que amaba 'hornearse' sabía que no era lo apropiado. Esas tardes sentado en el piso con sus pantalones cuzqueños y sus audífonos en los oídos eran increíbles, o por lo menos así lo sentía él. Las ideas fluían por su cabeza, a veces se le daba por ser músico, inclusive hasta se le ocurrían melodías, tras veces se preguntaba por cosas muy triviales, pero no tan preguntadas cómo de dónde surge el idioma o quién denomina las cosas como tales. Otras veces se le daba por ser escritor, es mas tenía un proyecto en mente, pero nada concreto, pensaba que era muy difícil poder ser publicado en este país así que seguía con todas esas ideas encapsuladas en su mente. Uno de esos días en los que alucinaba se apareció la chica oriental, él ni se percató porque estaba mirando el techo e imaginando. Ella se aceró y le quitó un audífono. La inicial reacción de Ernesto no fue cordial, las drogas hacían que ese chico tímido y respetuoso, se convirtiera en un ser cruel y violento.
-Conchatumadre, qué chucha te pasa- gritó Ernesto, dejando asustada a la chica del tercer piso, en palabras de Ernesto.
-Lo siento, lo siento, no sabía que te molestaría tanto- respondió temerosamente ella.
-No, no está bien, discúlpame tú a mí por los insultos.
-No, normal, te entiendo, si quieres me voy.
Por la mente de Enesto pasaron muchas cosas, se acordó de la cara de Adriana, del día en que conoció a la chica con la que hablaba, de sus ganas de escribir, de su frustrado request y se le dio por hacer algo insólito. Miró a la chica y le pidió que por favor no se fuera, la jaló del brazo y la besó, la besó toscamente. No fue un beso largo, pero sí intenso, no en tanto a emociones sino a físico. Terminado el beso Ernesto esperaba una cachetada o un insulto, pero a cambio recibió otro beso, pero esta vez fue un beso menos agresivo y más erótico. Ahora él también respondía y buscaba quitarle la chompa roja que llevaba. Ella se paró y entró al baño de mujeres, era una señal, él debía seguirla. Así que eso hizo, se paró y entró tras ella. Encontró la chompa roja tirada sobre la baldosa y a unos pasos un polo verde limón. Siguió el camino marcado por las prendas y la halló en un cubículo, sonriendo e intentando quitarse el sostén. Al parecer ella también estaba un poco drogada. Él no se quedó atrás y empezó a quitarse lo que llevaba encima. Mientras se desvestían los besos iban y venían en un afan de someter a la lengua del oponente. Ernesto andaba bastante aguantado, no tenía sexo hace más de 6 meses y tener esta sesión amatoria era como redescubrir el sexo en su vida. Las manos iban tocando lo que hallaban en el camino y quitando de este toda aquella prenda que impida el contacto piel con piel. A pesar de que la susodicha no contaba con un cuerpo voluptuoso, su figura no se veía nada mal sin ropas y además Ernesto siempre había pensado que "chucha es chucha pe". La timidez parece que iba desapareciendo del cerebro de la chica, porque era ella quien ahora tomaba la iniciativa. Le pedía a gritos sexo oral a Ernesto, quien accediendo a tales reclamos bajo y le dio, como vulgarmente se dice, un 'sopón'. Ninguno de los dos se preocupaba en si podían ser o no descubiertos, así como tampoco les importaba usar o no condón, sólo se enfocaban en el momento. Ella trataba de disfrutar y Ernesto procuraba llenarla de placer ¿Que estaban cometiendo lujuria? Pues poco o nada les importaba ser sacrílegos en ese momento. Querían tenerse y poseerse, tener cientos de orgasmos, llenarse de placer y probar el dulce sabor del sexo recién hecho. Las poses iban cambiando, pasaron del sexo oral al coito clásico. La chica que en un inicio se mostraba tierna y tímida era ahora una diosa salvaje del campo de Venus. Los gemidos hacían eco en las paredes del baño y las separaciones de los cubículos parecían ceder ante los empujes de los amantes. Por fin llegó el tan ansiado orgasmo final, habían tenido varios ya, pero ese último fue especial, marcaba el final de la sesión y a la vez alcanzaba estándares de placer nunca antes conocidos por ninguno de los dos. Seguramente es lo que muchos conocen como multiorgasmo, pensó Ernesto. Se vistieron sin decir ni una sola palabra, ella salió primero y él se quedó un rato mirándose en el espejo, sentía que no era el mismo que entró a aquel baño hace casi ya una hora. Se acordó de la chica y salió corriendo, miró a ambos lados y la vio esperando el ascensor.
¡Espera! ¿Cómo te llamas? -gritó él desesperado.
-Marcela, Marcela Temible, respondió ella.

viernes, 3 de junio de 2011

Momentos

Si debiera ponderar las cosas bellas de esta vida, tú, sin duda alguna, serías mi prioridad.
Porque reflejas todo lo hermoso en este mundo.
Desde lo abstracto hasta lo tangible.
Desde la gota más pequeña de lluvia, hasta la inmensidad de la luna.


Diego conoció a Fernanda hace 5 meses en la cafetería de la Universidad. Ella es una chica de 5to ciclo y él un iluso cachimbo. Hasta ese momento la vida de Diego era un tormento. Sus padres lo habían presionado para que estudie Ingeniería industrial, pero él odiaba los números, querían que sea un exitoso empresario o gerente de alguna transnacional, mientras que él se proyectaba como un artista, viviendo de lo poco que paga esa calmada y dedicada profesión. Cuando su mamá se enteró de tamaño plan de vida pegó el grito al cielo ¿Cómo se le ocurría a su hijito querer ser artista si él estaba destinado a ser uno de los grandes dentro del mundo de las finanzas? Ni pensarlo- dijo- hijito, tú debes ser un ingeniero. Así inició Diego su vida universitaria. En un inicio pensó que sería aburridísimo, y en efecto lo era si es que cumplía, como trató los primeros días, con todas las tareas y si es que entraba a todas las clases. Poco a poco fue descubriendo la diferencia con el colegio, no entraba a matemáticas, ni a todas esas clases aburridas, sólo a veces a lenguaje y a algunas clases de filosofía. Gastaba su tiempo y dinero o bien en el hueco embriagándose o bien en al cafetería comiendo y leyendo periódicos. Fue ahí donde conoció a Fernanda, en una tarde de finales de marzo. Ella estaba sentada en la mesa de al lado, él no sabía cómo acercase hasta que se percató de que el enchufe estaba al lado de su mesa. No se le ocurrió mejor idea que sacar la laptop, enchufarla y como quien no quiere la cosa hablarle aunque sea algo. Todo salía a la perfección: sacó la laptop, se acercó, le preguntó si podía usar el enchufe, obviamente ella respondió que sí, se agachó a enchufar la laptop, pero como los sucesos no son perfectos, al levantarse chocó contra la mesa, tirando al suelo el almuerzo de ella, sus libros y poco más su cuerpo. Diego, como era de esperarse, no supo qué hacer o qué decir. Sólo atinó a pedir disculpa y tratar de reparar el daño causado. Ahí inició lo que luego devendría en un inesperado amor. Sus días seguían como siempre: aburridos, cansados, aunque ahora tenía una razón por la cual ir a la Universidad: Fernanda. Las semanas pasaban y como era obvio él estaba punto de jalar todos sus cursos, cada día odiaba más la ingeniería y cada día se detestaba más por no tener los huevos para decirle a sus viejos que no quería estudiar eso. Le sorprendía cuán diferente podía ser su situación con la de Fernanda, ella sí que amaba la carrera, estaba decidida a dedicarse a eso y realmente mostraba interés por aprender. A veces hablaban de la situación de Diego, pero muy brevemente, él no quería ahondar en ese tipo de temas, además pensaba que al terminar el primer ciclo y al ver sus notas sus padres desistirían de tan fatídica aventura. Lo que sentía por Fernanda iba creciendo y, a pesar de la diferencia de edades, sentía que se entendían muy bien y sentía, o quería sentir, reciprocidad en ese sentimiento. Uno de esos tantos días que gastaban en la cafetería fue el indicado para invitarla a salir. Estaban en una mesa frente a frente, ella tomaba un jugo de fresas con leche y él una gaseosa. Era otoño y el sol ya no quemaba, pero vaya que otorgaba ese brillo inconfundible al lacio cabello de Fernanda, sus ojos pardos lo hipnotizaban y sus labios ¡qué labios! moría por besarlos. Con el pretexto de el fin de exámenes le dijo para salir el viernes. Ella sonrió y aceptó. Nada podía estar yendo mejor, aunque no tuviera exámenes por los cuales celebrar ya que no había aprobado ninguno. La diferencia de edades siempre hacía que todos los miren extrañados, sobre todo los amigos de Fernanda, pero poco o nada le importaba a Diego lo que decía la gente, podía sobrellevarlo. El sábado llegó y, a diferencia de lo que muchos puedan pensar, no fueron a una discoteca, salieron a caminar, agarrar, comer algunas cosas, agarrar, conversar, agarrar,  tomar cafés, y ¿ya dije agarrar? Pues sí, ese día se consolidó como el inicio de eso ¿que qué era eso? Pues ni ellos mismos lo sabían muy bien, pero era tierno. Los agarres llevaron a más y sus cuerpos se iban calentando cada vez más hasta que surgió la idea, ninguno lo dijo, pero el sólo hecho de pasar por ahí fue una señal. Entraron, pidieron una habitación y subieron lo más pronto. Diego tendría su primera vez, él no sabía si ella también, pero poco o nada le importaba realmente. Sus cuerpos se enlazaron en el más perfecto sexo que alguien haya podido conocer, porque fue una mezcla del sexo con amor, del sexo con pasión y simple deseo y del sexo salvaje ¿Podían estar resultando mejor las cosas? Al parecer no... o por lo menos así lo veía Diego.