miércoles, 1 de abril de 2015

No creo

Dos veces en la vida he tenido planes de matrimonio. Dos veces me han prometido casarse conmigo. Dos veces en la vida he sido desilucionado.

Recuerdo cada detalle de cada momento. Las palabras, los gestos, las lágrimas en mis ojos empañando todo. Podría describir la sensación exacta que sentí cuando salió el sí, cuando en mi mente todos los planes a futuro se concretizaron un poco más.

Dos veces me fallaron.

Y aquí estoy ahora, escribiendo estas líneas a una semana de cumplir 22 años. Solo. En singular. No quiero más promesas, no quiero más planes, no quiero más amores. No creo más en esas ideas tontas del amor.


Aunque sé que será inevitable. Me conozco. Sé que en unos meses más volveré a caer y seré un normcoreta del corazón. Solo espero que esta se la última. Como dicen, la tercera es la vencida.

martes, 17 de febrero de 2015

Los viejos sitios donde amé la vida

"Uno vuelve siempre
a los viejos sitios
donde amó la vida…"

Las simples cosas – Chavela Vargas

Estos son los mis. Reconózcanse:

Un metropolitano hasta la estación final. Luego la extensión. Hasta el Centro Comercial.
El cine en el óvalo Gutierrez.
El Último Parque Libre.
Y el María Reiche, también.
El cine cerca de la facultad.
La Casa de la Literatura y el Cordano
Avenida Las Palmeras. La de Lima Norte y la de La Molina.
El parque a la vuelta de tu casa.
La Plaza San Martín y sus luchas
El Centro Cívico. Y la Estación Central. Las escaleras de la Estación Central.
Estación Quilca en una noche de verano.
La puerta de una redacción en Alfonso Ugarte.
El pasadizo más triste de Lima: el de la salida del Vale, la salida a la realidad.
La Tribuna Norte del Estadio Nacional.
Tu quinto piso.
Avenida Pettit Thouars, el viejo motel. El de siempre.
El Olivar (maldito Olivar).
Wong de Camacho
El aeropuerto, esperando o despidiendo.
Café Café de Miraflores
Levaggi, a la hora del almuerzo.
Bembos de Camino Real. Comprando con cupones de descuento.
Caminos del Inca y la maldita banca
Caminos del Inca y su maldito Bembos. El del insoportable aire acondicionado.
La Fundación, esa Fundación.
Larcomar. Tantas veces Larcomar.
Una calle de Barranco con graderías hacia el mar que nunca más pude encontrar.
28 de julio, siempre.
La Facu.
El parque Castilla.
El Museo en Pueblo Libre
Y el de la Nación también
El Centro Cultural España.
Albazos y sus chilcanos a 2x1
El 360, el buen 360
Starbucks. Dasso, Conquistadores y Óvalo de la Lima.
Communitas.
El puesto de flores en 28 de julio.
Malecón de la Reserva. Siempre. El clásico. El que parece omnipresente…


jueves, 9 de octubre de 2014

Réquiem por Niza

Este es un texto que escribí hace más de 1 año, si mal no recuerdo. Hoy caminé por la avenida Arequipa y vi que Niza, ahora sí, había muerto realmente (antes solo fue un cambio temporal). Espero que les guste.




Réquiem por Niza


Niza ha muerto. No es más la discoteca de lunas oscuras y pobres luces de colores. Niza, la primera discoteca conocida entre todas las clases y distritos de Lima por el perreo desenfrenado que tocaba, donde se reunían personas de todas las edades para darle un gusto al placer, ha muerto y con ella muere una leyenda, una generación, una era en Lima. El antro que todos conocimos, pero pocos retratamos, ya no existe más.

lunes, 23 de junio de 2014

Efecto dominó

Este es Efecto dominó, el cuento del que hablé en el anterior post. Lo escribí entre enero y marzo de este año. Disfrútenlo:



Efecto dominó


Desde que Marita le había prometido a Esteban no ver más a su exnovia, casi nunca había cumplido con ello. Por el contrario, fueron incontables las veces en las que había buscado una forma de encontrarse con ella; ya sea caminando por su casa, pasando cerca de su trabajo o asistiendo a los lugares a los que sabía iría durante el fin de semana. Cualquier evento, infortunio o alegría resultaba una buena excusa para buscarla. La web de la Administración tributaria fue su gran ayuda, a través de ella había podido averiguar la dirección de la casa de sus padres, el número de su teléfono, sus cuentas con la Administración y hasta la dirección de su nuevo trabajo. Las redes sociales, por su lado, la habían ayudado a saber qué lugares frecuentaba, los días que trabajaba y sus horarios en la Universidad. Toda información era relevante. Todo dato era contrastado, verificado y luego almacenado. Ella no lo sabe, pero los primeros encuentros se dieron debido a su insistencia y al ferviente espionaje que había montado para poder hallarla.

Cada encuentro resultaba un alivio, un respiro para su mente. Sin quererlo, terminaron en el invierno de 2012 a causa de unas denuncias interpuestas por el padre de Marita contra Rafaela. A pesar de no contar con pruebas, la habían denunciado por lesiones graves y cuando se enteraron que habían viajado juntas, por secuestro. Según Marita, eso no había sucedido, el viaje se realizó bajo su consentimiento y podía acreditarlo, pero para negar las lesiones no tenía mayores argumentos. Solo podía negar lo dicho, porque las evidencias eran notorias: en su rostro, brazos y piernas; toda ella estaba llena de golpes e hinchazones. Por eso se negaba a ser revisada por el médico legista. Aquella vez, todo quedó estancado. Marita movió algunas influencias de su amigo abogado para que el proceso sea archivado en Fiscalía y ella nunca tuviese que pasar por los exámenes correspondientes. Esteban, a pesar de haber visto una de las tantas veces en que Rafaela había golpeado a Marita, aceptó ayudarla con el archivamiento de la causa. Pero como requisito le pidió prometer que dejaría de ver a su novia. Marita aceptó, le prometió que no la vería más, siempre que alejara a Rafaela de todo problema judicial. A pesar de los golpes y los problemas, trató siempre de mantenerla a salvo, en la tranquilidad que la había conocido.

Pero aunque intentó, no pudo soportar mucho tiempo para retornar a la tormenta, aunque duela, aunque deje huellas, a sabiendas de que estaba saltando en un abismo del que sería muy difícil salir.

La buscó por primera vez dos años después de que se separaron. Había averiguado su nueva dirección y decidió esperar pacientemente cerca de la calle donde ahora vivía. La vio pasar y se acercó lentamente, fingió estar caminando por ahí y la saludó. Rafaela se sorprendió al verla y, no sin temor, le ofreció tomar un café. Fue el primer encuentro de cientos, el primer paso, el jalón del gatillo, el declive. Durante esos dos años no hubo día en que no revisara qué estaba haciendo, qué cosas le molestaban, sus nuevos y fundados miedos e incluso sus nuevas parejas. Sabía absolutamente todo, de modo que cuando empezaron a conversar, pudo llevar la conversación por los terrenos que sabía firmes. Hablaron sobre sus dudas, sus temores. Le preguntó si aún la extrañaba. Rafaela contestó que sí, pero seguía asustada por cómo terminaron la última vez. Marita confesó que por miedo no había iniciado ninguna relación desde aquella vez. Pensaba, a pesar de conocer las verdaderas razones, que todo fue por homofobia, que sus padres no hubieran interpuesto una denuncia si ella hubiese estado con un hombre y, bajo esas circunstancias, ninguna chica con la estuviese que sería bien recibida por su familia.

Desde entonces empezaron a verse todos los días, regresaron a la cotidianidad de hacía 2 años y a la confianza. Aunque siempre a escondidas, siempre buscando un lugar donde nadie las viese. No solo para esconderse de sus padres, sino del odio. En Lima no podían llevar una relación abiertamente homosexual sin arriesgarse a ser agredidas o despreciadas.

A partir de ese momento también empezaron nuevamente las agresiones, los golpes, los celos y las paranoias. A Marita parecían no importarles, les restaba relevancia. Creía que era parte del paquete y debía ser aceptado. Rafaela era la única chica que se había interesado en ella, la única que se había podido enamorar de Marita, a pesar de los mil defectos que se encontraba. Sentía que si Rafaela se alejaba, perdería toda oportunidad de encontrar a alguien que la quisiera, que le brindara algo de atención. Pensaba que sin ella no podría repetir esos días inmensamente felices que compartían, llenos de sonrisas, placeres, compañerismo y complicidad. Y eran precisamente esos días los que la animaban a batallar contra todo. Era a causa de ellos que mentía recurrentemente, por los que ocultaba, a modo de protección, la relación que había formado. Rafaela muchas veces no lo notaba, pero ocultar significaba proteger. Cada mentira, cada invento era un ladrillo más que las protegía. Si sus padres o amigos se enteraban que había vuelto a verla, todo se arruinaría. Intentarían separarlas, nadie la iba a comprender. Ella siempre lo supo, por eso mentía de modo compulsivo y milimetrado. Todo debía estar fríamente calculado. Cada movimiento, cada salida, cada lugar al que asistían. Era maniático, pero, no había otro modo de mantener eso a flote.

Sabía que cuando la burbuja explotase —porque tarde o temprano lo haría—, toda la fortaleza se vendría abajo, cual castillo de naipes. Porque no había nada más que la sostenga. Rafaela se iría fácilmente, era ella quien más se había involucrado. Cuando el momento llegase, su novia no haría concesiones, no estaría dispuesta a pasar por un proceso judicial, aun cuando Marita siempre le repetía que su amigo abogado podía ayudarlas nuevamente y que ella siempre atestiguaría a su favor.

Esteban, por su parte, había comentado con cuanta persona se cruzaba por su camino cuán orgulloso estaba de que Marita, a pesar de la nostalgia, no haya sucumbido. Creyó en su amiga, en su promesa. Además —pensaba—, era el único requisito que le pidió para ayudarla. Marita no podía traicionarlo de ese modo.

Pero el castillo finalmente se desplomó. Las mentiras pueden ser veloces, llegar lejos, incluso confundirse por momentos con la realidad, pero ninguna es duradera. Todas, tarde o temprano, se caen.

Había estado conversando con uno de sus amigos que trabajaba en Fiscalía. Él conoció a Marita una de las tardes en las que había acudido al despacho de su jefe para coordinar el archivamiento. Recientemente lo habían ascendido a fiscal adjunto en una sede en Miraflores y desde que trabajaba ahí la había visto todas las tardes con Rafaela por las calles aledañas.

¿Marita y Rafaela? ¿juntas? Sí. En el fondo sentía que eso era solo la confirmación de algo que ya intuía. Su amiga no solo había incumplido lo que le prometió, sino que durante meses le había mentido, se había aprovechado que le creía todo a pie juntillas y lo tomó por tonto útil. Estaba dolido. Se había burlado de él y, sobre todo, había dejado que durante meses jugase el papel de crédulo. Aquella noche, Esteban aprendió lo que todos debiéramos saber al relacionarnos con alguien: ser confiados no es rentable.

La decepción fue tan grande que decidió alejarse por completo sin palabra de por medio. Sentía que no debía acompañar a quien se había burlado de él. Lo peor es que nunca supo si lo engañó durante todos esos años o si solo surgió en los últimos meses. Bastó enterarse de esa mentira para empezar a sospechar de todo lo que le había dicho y prometido.

Marita empezó a sentir miedo, si sus mentiras habían sido descubiertas por Esteban, su familia también podría hacerlo y destruir o que tanto le había costado. A pesar de saberlo, prefirió seguir en la espiral enorme de mentiras que había tejido durante meses. Sentía que su novia lo merecía, que debía demostrarle de ese modo cuánto le interesaba. Pero con el pasar de los días, las mentiras se acrecentaban y a pesar de la recurrencia, cada vez cubrían menos la realidad. Sentía que se alejaba de Rafaela y cuando la veía solo recibía golpes y humillaciones.

Lo que tanto temía Marita finalmente se cumplió. Cuando sus padres descubrieron que había regresado con Rafaela, hicieron lo posible por romper ese vínculo y así lo lograron. A pesar de que ella estuvo dispuesta, su novia no, y sola no podía sostener toda la estructura.

Desde ese momento empezó a recibir amenazas. Para dejar los procesos judiciales, le hicieron prometer que no vería nunca más a Rafaela. La historia se repetía una vez más. Lo prometió. Pensaba que si lo hacía y realmente la dejaban fuera de todo problema, podría volver a verla. Si Rafaela estaba a salvo de cualquier lío o cuestionamiento, eventualmente podrían volver a encontrarse. A escondidas, evidentemente, bajo engaños y mentiras una vez más, pero era el único modo de hacer que el amor sobreviva; discapacitado, pero firme.

No fue así. Rafaela no quiso o no pudo. A pesar de que Marita estaba dispuesta a regresar a los golpes, las agresiones y las mentiras, Rafaela se alejó. Debía comprenderla, pensaba. No era justo para ella pasar por todo ese proceso. Pensó que insistir sería egoísta y manipulador. Si ella no quería, debía comprenderla y dejarla ir.

Pero aún faltaban máscaras por develar y fue Esteban quien tuvo que descubrir una a una las verdades. Cuatro meses sin hablar con Marita y la historia parecía no haber muerto. Se negaba a hacerlo.

Había estado saliendo con un chico que conoció por Twitter y una de esas noches en las que conversaban, se le ocurrió hablar del engaño de Marita; un engaño que aún le dolía, una mentira que no había sido perdonada a pesar del tiempo y el cariño. Una amistad perdida por la falta de confianza o tal vez por el exceso de esta. Sin saber por qué, empezó a confesar todo lo que sentía y no había podido expresar durante esos cuatro meses. De pronto él le preguntó por Rafaela. ¿Rafaela Ramos? ¿La conoces?, respondió Esteban. ¿Recuerdas a Silvana..? 

Silencio sepulcral, seguido el suspiro resignado de quien se alivia con la verdad.

Ambos lo entendieron, pero como no les concernía —o por lo menos eso pensaron—, después de unos segundos cambiaron de tema, como si nada hubiese pasado, como si nunca hubiesen develado esa tela y la realidad siguiera ahí, cubierta por el engaño. Pero lo cierto es que luego de esa cita Esteban no pudo dejar de pensar en Marita. Los hilos se fueron tejiendo por sí solos. Luego entendió todo, entendió por qué Rafaela nunca luchó por continuar con ella, por qué se desenganchó tan rápidamente. Fue solo una más.


A pesar de que Marita lo había engañado, o precisamente por ello, sentía que era su deber contarle la verdad, decirle, aunque la destruya, que la chica por la que había mentido tantas veces, por la que se había sacrificado, no era más que una mentira también. Así que decidió buscarla. Al día siguiente fue a su casa. Tocó la puerta del garaje, que era por donde entraban las personas de confianza, y esperó a que asomara su cabeza por la ventana, tal como lo hacía desde que la conocía. Mientras, pensaba en cómo reaccionaría, cómo se lo diría. La mujer por la que tanto había arriesgado, la había traicionado y humillado. ¿Cómo se contaba eso? ¿Cómo se le dice a alguien que la persona por la que se sacrificó no era más que una mentira en sí misma? Siguió tocando la puerta. Temía que ella reaccionara mal, Marita tenía antecedentes de intentos de suicidio ¿y si lo hacía nuevamente?, era poco probable, después de tantos meses ella ya lo debía haber superado, o eso esperaba. Tocó con más insistencia, pero esos golpes le hicieron recordar su engaño, la humillación de la que había sido víctima. Recordó que Marita —al igual que Rafaela a ella— lo había utilizado. Mentira con mentira se paga, pensó. Entonces lloró amargamente, tocó con desesperación, pero esta vez para reclamar por su engaño. Gritó, golpeó, pero nadie se asomó. Derrotada, pero decidida, corrió hacia la avenida y sin girar la cabeza, resolvió no volverla a buscar nunca más.

sábado, 7 de junio de 2014

Disyuntivas

Lo cuerdo, lo sensato, es que ese cuento jamás sea publicado. La consciencia me lo repite diariamente: ya fue, Bruno. Lo escribiste para matar, lo escribiste para fabular. Pero salió muy real. No es recomendable publicarlo. Y no lo es porque lleva una parte mía, pero sobre todo lleva una parte ajena; una parte que no me corresponder contar o al menos no en esa dimensión.

El respeto por lo ajeno, aún cuando nadie más lo perciba, nos hace también mejores personas.

Tampoco me correspondía dejar tan mal a otros. A veces los hechos -por reales que sean-, cuando solo son contadas desde una perspectiva, resultan arbitrarios e injustos. Si alguna vez esa historia se cuenta o se escribe, debiera tener la perspectiva de cada los involucrados y eso no me corresponde. Escapa de mis posibilidades.


Pero soy obstinado. Hay algo que me pide ponerlo en este blog, difundirlo. Puede que no sea muy correcto, pero ¿y qué si lo es?

Además, nadie lee este blog ¿o sí?



jueves, 24 de abril de 2014

Confesiones de un stalker

Eras tú, no puedes negarlo. Te reconocí por tu casaca negra, esa que llevas en tu tercera foto de perfil en Facebook.

Salías de tu casa verde y puerta de vidrio, lo supe porque te busqué en la Sunat y luego puse tu dirección en Google Street View, desde entonces la fachada no ha cambiado.

Caminaste junto con tu madre, que recientemente tiñó sus cabellos en la peluquería a la que yo también asisto.

La reconocí por sus fotos de Facebook, donde la encontré gracias a la guía telefónica virtual.
Fueron hasta el paradero de la esquina y tomaron el carro que te lleva a la Universidad. 

Tenías clases a las 6. Revisé los horarios en el portal de tu Facultad.

Coincidentemente subiste al bus en el que yo estaba. Sé que me reconociste como yo a ti. Sé que por eso buscaste un sitio distante y te metiste de lleno en tu libro. Y, aunque te miré, me evadiste.

Eras tú, no lo puedes negar, y lo confirmé cuando, al llegar a casa, revisé tus cuentas nuevamente: en Foursquare un check-in en el paradero, en Instagram una foto del boleto del bus, en Facebook una frase del libro que te vi leer.

Eras tú, estoy seguro y mejor que me hayas evadido, mejor seguirte solo por redes, mejor que nadie se entere que hasta en la web de EsSalud te busqué y que conozco incluso tu número de registro en la AFP, mejor no seguir más con esta revisión diaria que poco a poco me consume más tiempo y me aleja físicamente de ti.


Mejor, tal vez, debiera acercarme la próxima vez que te vea. Mejor no meterme yo de lleno en mis audífonos y en mi libro, dejar de escabullirme entre tontas excusas para, de una vez por todas, pararme, caminar hacia ti y atreverme, por fin, después de todo este tiempo, a siquiera tan solo decir: Hola.

viernes, 21 de marzo de 2014

Olor a ti

Me despierto con olor a ti. Huelo mis manos, mis hombros, todo yo estoy impregnado de ese olor. No es una loción, es tu perfume natural. Olfateo mis carnes una y otra vez y siento tu presencia: desde el sonido de tu silencio hasta las dimensiones de tu cuerpo.

Contra mi deseo, ingreso a la ducha. No quisiera que ese olor se vaya. Quiero oler a ti.

Termino de asearme y vuelvo a olerme. No sé cómo, ni por qué, pero sigo aún siento tu olor en mí. Has dejado una marca invisible, pero permanente, que solo yo noto. Sonrío levemente y entonces pienso que tal vez ya no es mi piel, sino mis fosas, que se quedaron con tu perfume, o tal vez fueron mis labios, que aún huelen a tus entrañas, o tal vez simplemente soy yo quien quiere recordarte y por eso invento toda una escena para escribir sobre ti y justificar este insomnio que no me deja dormir. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Reporte de miedos

UNO

Tengo miedo de engancharme, de engancharme contigo, precisamente.

Me cago de miedo.

Sé que no es el momento, que no es lo mejor, ni lo más adecuado. Sé que probablemente yo no sea la persona indicada, ni mucho menos me aproxime a eso. Pero es inevitable no hacerlo si me miras con tus ojitos resplandecientes y tu barbilla siempre bien afeitada.


DOS

Tengo miedo de escribir sinceramente.

Es un miedo latente. Cada que escribo a veces reprimo ideas para evitar que estas hablen por mí. No quiero más contarlo todo, no quiero más ser vulnerable, escribir para otorgar las armas que me pueden destruir. No. No quiero. Y sin embargo, aquí me ven, escribiendo sobre mis miedos...


TRES

Tengo miedo de no escribir bien.

Y esto se relaciona con lo anterior. Si escribo de modo sincero, puede que produzca algo decente, pero autodestructivo. Si escribo con represiones, escribiré pésimo. Entonces todo es un mar de confusiones y frustraciones. Y para apaciguarlo, escribo. Y ya no importa si es sincero, si es irreal o es una infidencia. Solo boto todo y lo vuelco en el papel. Luego pienso que escribí algo decente, lo dejo en los pendientes y cuando, días después, vuelvo a él, lo encuentro pobre, mal escrito, poco digno de ser publicado. Entonces lo edito. Suprimo ideas, cambio la sintaxis, le doy algo de forma. A los pocos días, intento añadir algo. Persisto en escribir, a pesar de saber que no resultará bueno. Continúo afiebradamente. Ahora cambio las ideas, las formas de reacción. Luego pienso que escribí algo decente, lo dejo en los pendientes y cuando, días después, vuelvo a él, lo encuentro pobre, mal escrito...

Y así la espiral.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Historia de una guerra

Domingo 4 de enero


Lucho contra estas ganas locas de mandarte a la mierda, de despreciarte y humillarte. Contra mi racionalidad, que hoy me repite lo que siempre supo y nunca quise notar.

Lucho contra el pequeño cariño que resta, le pido que salte al vacío, tal como lo hiciste con nuestro amor.

Lucho contra ti. Contra los deseos de felicidad y la buena voluntad, que a pesar de todo batallan por quedarse, que me piden deseártelos.
No lo hago, no lo mereces.


Gano la batalla.


Miércoles 7 de enero


El combate continúa. Bombardeo los recuerdos con tus besos en otras camas, en otros cuerpos, pero las memorias son buenas estrategas y no se dan por vencidas tan  fácilmente. Gracias a dios me dejaste suficientes municiones.

Tus manos calientes derriten toda posibilidad, todo deseo de felicidad, todo sacrificio realizado.

De pronto un arsenal de palabras me revuelca, me tienden una trampa y me veo rodeado por tu imagen, por nuestras noches, por Lucio. Te recuerdo más que nunca y, aunque no quiera, sucumbo ante los sentimientos. Me quiebro.


Ganas…


Sábado 18 de enero


Pero alguien me rescata y me alienta a seguir luchando. Construye un ghetto de caricias y abrazos para mí. Elabora una armadura con besos, fortalece la barricada y cuida mis espaldas.

Noto que caigo no ante ti, sino ante la posibilidad de lo que pudo ser, ante las nuevas sensaciones. Es nostalgia por la compañía, no por ti.

Salgo a la lucha. Herido, mutilado, desangrándome, decido continuar. No voy a dejar de hacerlo a estas alturas.

Disparo el último misil los cartuchos los quemé todos intentando recuperarte, ya no más. En el proyectil vas tú; que eres el objetivo, la munición y el motivo en esta guerra.


Horas más tarde…


Desvío el misil y doy media vuelta.

Sin aniquilarte, he vencido. No me importas más.
  

Tranquilidad.


viernes, 14 de febrero de 2014

Corre

Cuando esté ebrio y cerca de ti, corre.
No te conviene quedarte, te lo aseguro.

No gires, no te detengas, no te flaquees;
puede que te alcance y terminarás lamentándote.

Solo huye, aléjate lo más posible.
Refúgiate de mí.

O quédate conmigo, y atente a las consecuencias;
porque puede que te use,
que te humille,
que te deje
o, peor, que te recuerde para siempre.